¿QUÉ ES, REALMENTE, LA SONRISA?
1. ¿QUÉ ES, REALMENTE, LA SONRISA?
UN GESTO FACIAL MUY SIGNIFICATIVO
Entre todos los gestos del rostro humano, éste es, sin lugar a duda, el más grato y
expresivo. Está considerado como el más universal, y no hay pueblo ni cultura que no lo
entienda y lo emplee.
Este gesto facial moviliza, prácticamente, todos los músculos que circundan los ojos y
la parte inferior de las cejas, así como la comisura de los labios, órganos especialmente
sensibles y expresivos.
Este gesto tan personal no sólo facilita la comunicación entre las personas, sino que, a
veces, consigue cosas que, de ordinario, necesitarían horas y horas de diálogo y
negociación.
Se cuenta que una Asociación de empresarios americanos invitó en una ocasión a la
Madre Teresa de Calcuta a una de sus convenciones. Después de su intervención, uno de
los asistentes le hizo la siguiente pregunta: «Madre Teresa, ¿qué podría hacer yo con mis
empleados en momentos de conflicto o crispación?». «Sonría», fue la inmediata
respuesta de la religiosa, acompañada, eso sí, de una de sus amplias sonrisas.
La Madre Teresa no añadió nada más. Tampoco fue necesario. Quedaba
suficientemente explícito que, en momentos difíciles, en situaciones conflictivas, una
sonrisa puede dejar sin argumentos al personal, al tiempo que crea un ambiente propicio
para el diálogo y la negociación.
En ocasiones, puede incluso cambiar el curso de los acontecimientos. Es lo que se
deduce del relato que hace el escritor francés Antoine De Saint-Exupéry en su obra
Tierra de hombres. «Ocurrió en el transcurso de un reportaje sobre la guerra de España.
Había yo cometido la imprudencia de asistir, sin haber sido invitado, a un embarco de
material secreto en una estación. Desperté las sospechas de unos milicianos anarquistas.
En ese momento se produjo un milagro, un milagro muy discreto. Puesto que uno de mis
carceleros estaba fumando, esbozando una ligera sonrisa, le rogué que me pasara uno. Se
pasó con lentitud la mano por la frente, dirigió la vista, no ya a mi corbata, sino a mi cara
y, sorpresa para mí, el también esbozó otra sonrisa. Fue como la salida del sol. No había
tenido lugar ningún drama. Todo seguía igual, pero todo se había transformado. Aquella
sonrisa me había salvado».
Son sólo dos anécdotas de las muchas que se podrían contar, que ilustran el valor de
los gestos en la comunicación humana, y, en particular, el poder de seducción que tiene
la sonrisa.
Es ésta una expresión facial que sólo realiza el ser humano. Algunos neurólogos han
querido ver un gesto similar en determinadas especies de primates. Estas afirmaciones,
sin embargo, carecen de fundamento, y no dejan de ser más que aventuradas hipótesis.
La mujer y el hombre son los dos únicos seres capaces de sonreír y de emplear éste gesto
como medio de relacionarse con los demás.
Existe la creencia de que el hombre comienza a sonreír a poco de nacer. Esto no parece
ser cierto. En el bebé es un gesto en parte innato, en parte inducido. El bebé sonríe,
principalmente, porque las personas que están a su alrededor —en especial sus padres—,
sonríen. La bella sonrisa del bebé, si bien es atractiva, es instintiva y casi desprovista de
significado.
Con el paso de los años, la sonrisa del niño comienza a enriquecerse y a adquirir los
rasgos propios de cada uno, pudiendo alcanzar un gran valor expresivo y una extremada
belleza. Hay adultos, personas maduras y ancianos, cuya sonrisa le hace a uno sentirse
en un mundo diferente o más grato.
El hombre y la mujer que sonríen, y lo hacen con naturalidad, a veces llegan lejos,
bien lejos. Es posible que consigan las cosas con mayor facilidad que los que apenas lo
hacen.
Una cara sonriente expresa, de ordinario, seguridad en sí mismo, satisfacción,
disponibilidad, aprecio, comprensión, optimismo, y, en general, sentimientos de signo
positivo. Por supuesto, todo menos indiferencia hacia el mundo y las personas que le
rodean.
Hoy día la industria publicitaria es consciente del valor de este gesto, y apenas hay
spots publicitarios que no incluyan una sonrisa, femenina a ser posible... Tal es su poder
y gancho.
Es verdad que existen «sonrisas» forzadas, maliciosas, postizas e incluso
mortificantes. Estos gestos, sin embargo, tienen poco o nada que ver con la sonrisa. Son,
en realidad, la antítesis de ella: el claroscuro sobre el que resaltan el valor, la fuerza y el
encanto que tiene este gesto tan simpático y expresivo.
UN GESTO QUE EXPRESA Y GENERA SENTIMIENTOS
No es sólo un gesto simpático e impactante, que embellece el rostro humano y
consigue cosas, sino que también expresa y exterioriza gran cantidad de sentimientos.
Para un buen observador del rostro humano, tal vez no haya ningún otro gesto facial
que proporcione tantas pruebas de lo que ocurre en el interior de una persona.
Los sentimientos y las emociones van dejando huella en el rostro. Aunque la sonrisa
suele transmitir alegría, optimismo, felicidad, en algunas ocasiones aparece en compañía
de sentimientos de muy distinto signo: pesimismo, tristeza, ironía, reproche e incluso
amargura. A veces se muestra forzada, confusa, ambigua.
Jane Austen, una de las novelistas que mejor han descrito la psicología de sus
personajes, nos ofrece un ejemplo de esa variedad en su obra Sense and Sensibility. La
Sra. Dashwood, viuda, madre de tres hijas solteras y, prácticamente, desheredada a la
muerte de su marido, sonríe en su aflicción, cuando su hija mayor sale en defensa de
Edward, hermano de la causante de su infortunio. La sonrisa de la Sra. Dashwood parece
revelar una extraña combinación de ironía, alivio y aliento hacia su hija ante un posible
casamiento con Edward. Un futuro enlace matrimonial que vendría a mitigar la desgracia
que se cernía sobre la familia.
más adelante, Marianne, la hija menor, también le sonríe maliciosamente a Elinor por
el claro interés que ésta demuestra hacia Edward: «Gracias, hermanita —sonríe Elinor
con aire de reproche—, yo ya soy mayor y sé de sobra lo que me conviene y debo
hacer».
La de la Sra. Dashwood y las de sus hijas son tres expresiones faciales bien diferentes.
Todas ellas están cargadas de sentimientos encontrados, que traslucen bien las
reacciones de cada una de ellas y sus formas de interpretar la realidad.
Las sonrisa es, pues, un gesto singular que evidencia, como ningún otro, la enorme
riqueza de sentimientos que bulle en el interior del ser humano.
Es el gesto que mejor expresa el sentimiento de amor y entrega. Es el gesto del amor.
Sonreír es amar. Quien ama está alegre y ello se refleja en el semblante. Quien ama,
sonríe.
El enemigo número uno de ésta expresión facial es, precisamente, el egoísmo, que nos
lleva a subirnos a podios inexistentes y a creernos el centro de las miradas, olvidándonos
de los que están alrededor, de sus dificultades, sufrimientos, logros y alegrías.
El rostro sonriente parece decir: me alegro de que existas. Todo lo contrario de la cara
adusta que sólo transmite agresividad, distancia, trabas que pueden llegar a hacer
imposible la comunicación.
Sonreír es dar, ayudar, acoger, disculpar, consolar, perdonar e incluso sufrir con los
otros. Todos ellos son actos propios del amor, además de elegantes y característicos de
almas generosas.
UN GESTO QUE FAVORECE LA COMUNICACIÓN
Además de iluminar el rostro y manifestar sentimientos, la sonrisa facilita la
comunicación.
A la gente se la conoce por el rostro. Por regla general, nos gusta que sean amables
con nosotros. Frases como «Perdone, ¿está este sitio libre?», «¿Me permite pasar?» etc.,
expresadas con buenos modales son más gratas que dichas con cara inexpresiva o adusta.
Eliminado el distanciamiento inicial, que puede existir entre las personas, e iniciada la
conversación, hace que el diálogo fluya con naturalidad. Es, pues, una herramienta al
alcance de todos y de un inestimable valor comunicativo.
Dale Carnegie decía que los semblantes risueños hacen amigos e influyen en los
demás. Algunos estudiosos han demostrado, asimismo, que a la gente que sonríe se la
considera más agradable, sociable, atractiva y competente. Los mismos jueces y
magistrados, a quienes ni les va ni les viene que los acusados sonrían o dejen de hacerlo,
suelen aplicar castigos más suaves a los delincuentes que sonríen; los expertos del
lenguaje gestual lo denominan el «efecto indulgente de la sonrisa».
Ante una sonrisa solemos responder, casi automáticamente, con otra. Cuando alguien
se fija en el otro o se dirige a él y le sonríe, le está brindando su amistad y le está
invitando a iniciar el diálogo.
Iniciada ya la conversación, y reconciliadas las miradas, va a actuar como un tercero
en la contienda, un árbitro, cuya función va a consistir en asentir a lo que se escucha,
alentar, evitar posibles lagunas, disimular las faltas de tono, hacer la vista gorda,
reconducir el tema, etc.: mensajes todos positivos y tranquilizadores, que harán que el
curso de la conversación transcurra sin sobresaltos, se consolide el diálogo y el coloquio
sea cada vez más hondo y cordial.
Este gesto posee un enorme valor comunicativo. Con su gran variedad de matices,
algunas extremadamente sensibles y aun subliminales, no sólo apoya lo que se dice, sino
que lo enriquece y lo hace más vivo e inteligible.
Por último, posibilita el tono constructivo y optimista de las relaciones sociales. Es, sin
lugar a dudas, el mejor regalo que podemos ofrecer a los demás. Un rostro sonriente
quita hierro a las naturales discrepancias del trato diario, desactiva las tensiones,
disimula los enfados, evita los roces y, por encima de todo, transmite vibraciones que
nos llenan el alma de juventud.
Un «no», acompañado de una cara amable duele menos que un «no» a secas o
destemplado. En ocasiones, es la mejor respuesta a una alusión personal, a una
impertinencia, a una ofensa. Admitámoslo: Una sonrisa a tiempo puede hacer el milagro
y convertir una situación delicada en otra alegre y distendida.
Los grandes comunicadores son personas que conocen su valor comunicativo.
Tardaremos mucho en olvidar la sonrisa radiante y contagiosa de Diana de Gales que
seducía a cuantos la trataban. O la sonrisa espontánea y simpática del maestro y matador
de toros, Antonio Bienvenida, siempre a flor de labios, que le granjeó tantos amigos en
los ruedos y fuera de ellos.
Hablando de grandes comunicadores, llaman la atención las sonrisas de Juan Pablo II y
Christopher Reeve, el malogrado actor que inmortalizó a Superman y que se fracturó la
columna en un accidente. La de Juan Pablo II, algo velada por lo avanzado de su edad,
directa y discreta. La de Christopher Reeve, fallecido recientemente, fue una sonrisa
ejemplar, si se tiene en cuenta que llevaba más de diez años inmovilizado, y que desde
su silla de ruedas lideraba una campaña en pro de los tetrapléjicos.
UN GESTO EFUSIVO
Además de atraer, manifestar sentimientos y favorecer la comunicación es uno de los
gestos que mejor expresa la efusividad de las personas.
Por efusión se entiende, según el DRAE, la «expansión e intensidad de los afectos
generosos o alegres». Una definición, por cierto, un tanto escueta y, a mi entender, poco
«efusiva». María Moliner, en su Diccionario de Uso del Español es más explícita que
nuestros ilustres académicos y define la efusión como la «actitud ostensiblemente
expresiva de un estado de ánimo alegre y generoso». «Ser o estar efusivo —añade la
eximia lingüista—, es ser o estar abierto, afectuoso, cordial o expresivo».
Cuando una mujer o un hombre se encuentran alegres, cuando demuestran especial
afecto o ternura hacia algo o hacia alguien, o se vuelcan en atenciones con otra persona,
suelen sonreír efusivamente. Su estado de ánimo exultante propicia esa sonrisa abierta,
que cautiva y contagia a cuantos están a su lado.
Hay semblantes que son siempre afables, y otros que son, más bien, producto del
modo de ser extrovertido de las personas, de la situación o de un sentimiento placentero
que embarga al individuo.
Las sonrisas efusivas por excelencia son las del bebé y las de los enamorados. Ambas
son espléndidas, que brotan espontáneas, casi sin razón que las justifique.
La del bebé es, sin lugar a duda, la sonrisa más bella que existe. Presto siempre a
sonreír, el bebé no sólo responde a las caricias y arrumacos de sus padres con una
sonrisa, sino que acoge a cuantos se le acercan amablemente con una alegría
incontenida. Sus labios se abren de lado a lado y sus ojos parecen lanzar destellos de
felicidad.
La más parecida a la de los bebés es la de los enamorados. Enamorarse tal vez sea la
forma más plena de ser feliz. Embargados por la dicha de estar el uno junto al otro,
fundidas sus miradas y completamente ajenos a lo que ocurre a su alrededor, los
enamorados sonríen con un gozo inefable.
Por otra parte, hay personas e incluso pueblos que sonríen con más efusividad que
otros. Son gente de natural simpático que sonríe con facilidad.
Los pueblos latinos, en general, son bastante más demostrativos que los germanos y
anglosajones.
La simpatía es, a veces, un don que se hereda y que predispone a sonreír sin mayor
esfuerzo. De padres risueños suelen salir hijos sonrientes. Las personas extrovertidas,
además, tienen menor dificultad para exteriorizar sus sentimientos.
Hay situaciones y sentimientos, por último, que nos llenan de felicidad. La vida está,
afortunadamente, salpicada de acontecimientos, celebraciones, logros, buenas noticias,
etc., que nos confortan, nos animan y hacen que nos sintamos felices. El nacimiento de
un hijo, la graduación, las bodas, los viajes, el reencuentro con un viejo amigo, las
reconciliaciones, un buen acuerdo, las ocurrencias, los abrazos, los besos, etc., etc., son
algunos de los sucesos entrañables que ocurren en nuestra vida, que nos hacen olvidar la
rutina, los sinsabores y que suelen desencadenar la sonrisa.
Por lo que se refiere a la afectividad, es normal que sentimientos tales como la
gratitud, el consuelo, la comprensión, se expresen acompañados de una cara alegre.
Desde luego un «gracias», desprovisto de una sonrisa, le puede saber a poco a quien lo
recibe.
Los actos encaminados a la superación de uno mismo y a la entrega y generosidad para
con los demás, en muchas ocasiones, suelen ir acompañados de un sentimiento de
satisfacción.
UN GESTO DE SUPERACIÓN PERSONAL
Cuando uno no tiene ganas, se encuentra contrariado o está afligido por una pena o
sufrimiento, sonreír es un acto que demuestra una talla moral poco común.
Hacerlo los sábados y domingos, o cuando todo nos sale a pedir de boca, es bien fácil.
En momentos de euforia y de bonanza uno tiene la sensación de que «el mundo está bien
hecho». Arrellanados en el sillón de la dicha, nuestra sonrisa está a flor de labios y es
siempre fiel a la cita. Hacerlo, en cambio, de lunes a viernes, en medio del agobio diario,
asediados de gente menuda o aquejados de un dolor de muelas, es ya cosa de unos pocos.
Para algunas personas, lo habitual en momentos difíciles y de tensión es dejarse llevar
por la desazón, el estrés, los nervios; si es que no sacamos esa parte fea que llevamos
todos dentro y contestamos destempladamente al primero que se nos ponga delante.
Darla cómo, cuándo, dónde y a quien hay que hacerlo, a pesar de los pesares, es propio
de mujeres y de varones que, conscientes de su alta dignidad de personas, y conocedores
de la realidad en que se desenvuelven, luchan por sacar lo mejor de sí mismos y tratan de
mejorar y hacer grata la existencia a los que viven a su alrededor.
No siempre es fácil, ni tiene por qué serlo. Que se lo pregunten, si no, a los vendedores
y dependientes que, a menudo, tienen que hacer de tripas corazón, para quedarse con el
cliente. «La vida del hombre sobre la tierra es lucha» (Job 7,1). Tener un rostro risueño,
pues, sobre todo cuando la vida resulta cuesta arriba, exige cierta determinación y
esfuerzo.
Las personas de reciedumbre interior no viven al dictamen del humor con que se
levantan por las mañanas, ni están a merced de las inclemencias del tiempo o de las
vicisitudes de la vida. Tampoco andan quejándose de lo mal que va todo. Ellos tienen
una actitud realista ante las cosas, saben que el ser humano tiene sus limitaciones y que,
por encima de los negros nubarrones de las dificultades y miserias de este mundo, brilla
siempre el sol. «A mal tiempo buena cara» dice sabiamente el dicho popular.
La persona de temple recio, consciente de estar llamada a ser más, no se contenta, sin
embargo, con aceptar el prosaísmo de la vida cotidiana con resignación, sino que trata de
darle sentido y sublimarla en la medida de lo posible. Ese compromiso con la excelencia
es, precisamente, el que lleva a responder con una sonrisa a la salida de tono o al
exabrupto de un compañero de trabajo, a pasar elegantemente de los malos modos de la
gente, a afrontar sonriente las incomodidades de que está minada la convivencia humana.
La propia experiencia demuestra que el empeño mismo por acabar nuestro trabajo,
como debe de ser, y no de cualquier forma, es fuente de alegría, de satisfacción.
Por último, es un acto de gran delicadeza y generosidad que hace felices a quienes
están a nuestro alrededor. De ordinario, se gana bien poco contando miserias a los
demás.
2. ¿POR QUÉ SONREÍR?
COMO RESPUESTA A OTRA SONRISA
Una sonrisa genera otra. Es un reclamo que induce a la cordialidad, al acercamiento y
a la amistad. La sonrisa del otro, sobre todo si es natural, raramente nos deja indiferentes
y, de ordinario, suscita otra.
Al igual que el buen perfume, es contagiosa. Lo dice ya la canción: «Cuando sonríes,
el mundo sonríe contigo…». La alegría de las personas, su optimismo, su felicidad, se
propaga a los demás. Como el fuego, prende con facilidad, alegra y engancha a cuantos
están a su alrededor.
Cuando se habla del efecto dominó de la sonrisa, uno no puede menos de recordar las
de Teresa de Calcuta y de Diana de Gales y el impacto que éstas tenían en quienes les
trataban. Cuantos estaban a su lado quedaban seducidos por ellas.
En algunas ocasiones nuestro semblante no es más que una reacción casi instintiva,
una mera réplica de la del otro. En estos casos es un gesto mecánico en el que nuestra
actitud personal es, más bien, pasiva. No debe ser sólo producto de la química de nuestro
cuerpo, sino un acto voluntario de correspondencia, de gratitud y de generosidad para
con los demás. Sonreír —así— es amar, es decirle al otro algo así como un estoy contigo
sin palabras.
Amor con amor se paga. Responder a una cara alegre con otra del mismo tono, aunque
tengamos que hacer un pequeño esfuerzo y nos duela, merece la pena y es una de las
mejores muestras de amor que podemos ofrecer a los que nos rodean.
«El mejor regalo que tenemos son los demás» —decía Mae Parreño, una filipina que
dirige Batiré, un centro orientado a la inserción de mujeres sin recursos de Brixton,
Londres—. Esta frase no dejaría de ser otra más de las que se dicen, si no supiéramos
que esta frágil mujer, además de ser huérfana, inmigrante, trabajadora y madre de
familia, lleva 15 años luchando por sacar adelante esa gran obra social y avala sus
palabras con una sonrisa maravillosa.
COMO RESPUESTA A SENSACIONES PLACENTERAS
Es difícil imaginarse a alguien dando las gracias con cara de pocos amigos. De
ordinario, el que agradece una atención o un detalle, lo hace con alegría o, por lo menos,
la esboza.
Decía Susanna Tamaro en su novela Donde el corazón te lleve que «si la vida es un
recorrido, se trata de un recorrido siempre cuesta arriba»
La visión de la existencia humana que nos muestra la escritora en esta obra suya es —a mi entender— bastante pesimista. Nuestra vida, ciertamente, por muy «cuesta arriba» que, en ocasiones, se nos
pueda hacer, además de tener un sentido trascendente y esperanzador, está llena de
sensaciones gratas, acciones nobles, situaciones y acontecimientos dichosos. No todo es
incertidumbre, monotonía, contradicción y sufrimiento. La existencia humana está
tapizada de ratos de alegría, de gozos, que no sólo mitigan las asperezas, sino que las
superan con creces.
Son, justamente, esas vivencias y momentos placenteros los que nos hacen tomar
conciencia de nuestra condición de personas y nuestro destino trascendente. Son esas
sensaciones y experiencias las que alivian la pesadumbre del vivir, nos ilusionan, nos
permiten ver la realidad en su justo peso y medida y, en definitiva, ponen a la sonrisa en
el disparadero.
Delante de mí tengo la foto de una niña afgana sosteniendo una rosa en la mano
durante una manifestación, celebrada en Kabul para festejar el fin de la guerra. La foto
está en blanco y negro, pero ello no quita fuerza al mensaje entrañable de solidaridad de
la escena.
La vida nos invita a sonreír constantemente. Las muestras de amor, afecto y ternura, la
amistad, los saludos, la alegría de los éxitos propios y ajenos, la satisfacción del trabajo
bien hecho, la presencia femenina o masculina, la reconciliación y el acuerdo, la
contemplación de un buen paisaje, así como un sinfín de actos nobles y de atenciones
para con los otros —como pueden ser los regalos, los elogios, la cortesía, etc.—, son
siempre motivos de alegría.
Ocasiones para sonreír, desde luego, nunca faltan. Eso sí, para poder hacerlo es
necesario cultivar la sensibilidad y pensar en los demás. Si muchas veces no lo hacemos
es porque vivimos más pendientes de nosotros mismos: de nuestros problemas,
dificultades, recuerdos, deseos, etc., que de las personas que nos rodean.
COMO RECURSO PARA CREAR BUEN AMBIENTE
Una sonrisa en los labios y una mano tendida a tiempo es, con frecuencia, la forma
más civilizada de aplacar los ánimos y de ganar amigos.
Decía el Nobel Miguel Ángel Asturias que el «semblante dice, muchas veces, más que
las palabras». Ciertamente, una cara sonriente acoge, se entrega, concilia, interpela, ama.
Es decir, que puede decirlo todo sin proferir una sílaba.
No sonreímos sólo cuando el otro lo hace o nos sentimos alegres, sino para hacer el
diálogo más fluido, quitar hierro al fragor de una polémica, conseguir algún que otro
objetivo puntual o, simplemente, crear un ambiente cordial y distendido.
Conscientes del valor humano y del enorme gancho que este gesto facial tiene en el
trato de unos con otros, la gente recurre constantemente a él para animar, motivar e
incluso seducir a los demás.
Algunos grandes comunicadores, políticos y actores han sido maestros en el dominio
del rostro. Por ejemplo, cuando al presidente Ronald Reagan le hacían alguna pregunta
en las conferencias de prensa, él solía siempre contestar con una sonrisa infantil y una
peculiar inclinación de la cabeza. Unos gestos del actor que llevaba dentro, que al tiempo
que acaparaban las miradas de los periodistas, le daban a él un encanto especial.
Uno puede, sin embargo, sonreír y ser un villano. Este gesto, al fin y al cabo, es
personal y está al alcance de todo el mundo. Existen personas que poseen un gran talento
para fingir y que lo emplean para desenvolverse con soltura en circunstancias
complicadas y azarosas.
La mujer, por ejemplo, por el dominio que tiene de su cuerpo, posee gran destreza para
sonreír cómo, cuándo, dónde y a quien a ella le interesa y le viene en gana. Se ha dicho
que la sonrisa es arma de mujer.
Es una acción noble que se le puede y —yo añadiría— se le debe exigir a cualquiera.
Es una expresión personal única y de gran belleza, que sólo el ser humano es capaz de
expresar y que sería conveniente fomentar desde la escuela y la familia. Por su alto valor
comunicativo, cumple una función socializa-dora de primer orden en la convivencia de
los pueblos. No sólo lubrifica todo el proceso de la comunicación humana, sino que lo
hace más fácil. Tal vez sea esta la razón por la que la finjamos con alguna frecuencia.
COMO SUPERACIÓN ANTE LAS CONTRARIEDADES
Sonreír por sonreír no tiene sentido. Hay personas que no están en sus cabales y que
están siempre sonriendo. Hacerlo, en cambio, cuando, en ocasiones, no se tiene ganas o
estamos afligidos por una contrariedad, aparte de ser un acto de extrema delicadeza y
generosidad, demuestra una gran madurez personal.
Es propio de personas maduras, que se conocen a sí mismas, que aceptan de grado sus
propias limitaciones, y que luchan por sacar lo mejor de sí y del medio en que se
encuentran.
Es, muchas veces, el resultado de ese crecimiento personal que nos permite ver nuestro
valor real, no otro, y dar a las cosas la importancia que verdaderamente tienen.
Es ese saber práctico, que se va adquiriendo a lo largo de los años, el que nos da el
tono positivo y optimista de la realidad, y en el que hay que buscar los orígenes del
sentido del humor, tan escasamente valorado y tan necesario para vivir la vida con
holgura y llevarse bien con los demás.
Es, en cierto modo, un acto de humildad. Resulta patético contemplar con qué avidez,
algún ser humano, convocado o no, se apunta a todas, con tal de salir en la foto. ¡Con
qué celeridad nos encaramamos a podios inexistentes! Lo grotesco es que, de ordinario,
la sobrevaloración de uno mismo se da en razón inversa de la valía personal. Mientras
más canijo se es, más alargamos el cuello. ¡Así de fatuos somos! Nos tomamos de
ordinario demasiado en serio.
El filósofo polaco Stanislaw Grygiel hablaba no hace mucho de la apremiante
necesidad que tiene el hombre de hoy de convertirse a la realidad. Grygiel creo que ha
dado en la diana. Sólo el hombre que conoce la realidad y lo que ella da de sí se puede
considerar todo un señor. El que la desconoce o sistemáticamente la ignora está
condenado a ir a remolque de los hechos, y, por lo tanto, con dificultad va a poder
sonreír con naturalidad.
La vida indudablemente es bella y hermosa, pero en multitud de ocasiones, al modo de
los miura de casta, puede embestir y dar cornadas. Para poder, pues, superar las
contrariedades y hacerlo con semblante alegre no se puede huir de la realidad. Hay que
ser realista, estar siempre atento, aprovechar las experiencias propias y ajenas, y hacer lo
posible, claro está, por verlas venir.
SONRISA SENTIDA, MEDIA SONRISA O SONRISA FALSA
La cara risueña juega un papel de primer orden en las relaciones humanas.
A veces, cuando se encarece la importancia que este bello gesto tiene en la
convivencia, se suele argumentar con cierto escepticismo que todo eso está muy bien,
que por supuesto, es un «tic» bonito, pero que expresarla no es tan fácil, pues «la sonrisa
nace, no se hace».
Es ésta una frase breve, redonda, que, como otras muchas máximas ingeniosas, no deja
de ser más que una verdad a medias.
Si con este dicho se quiere afirmar que es un gesto instintivo, vale; no hay nada que
objetar. Si, por el contrario, de lo que se trata es de postular que es sólo privilegio de
unos pocos, no estoy de acuerdo.
Al igual que otros muchos gestos humanos, la sonrisa es una expresión del rostro, fácil
de activar y que está al alcance de cualquiera que quiera realizarla.
No hay raza, cultura o nacionalidad que no la reconozca, la aprecie y la emplee para
manifestar sus alegrías, su felicidad o como recurso para hacer el trato con la gente más
grato.
Los orientales, y más en concreto los chinos, que, además, entienden bastante de
sonrisas, tienen dos proverbios que ilustran bien su papel y su importancia en la vida
social: «un día sin sonreír, un día perdido»; o aquel otro que reza así: «la persona que no
pueda sonreír, que no ponga una tienda».
Si la lectura del rostro es decisiva a la hora de conocer a una persona y saber a qué
atenerse en el trato con ella, cabría decir lo mismo de un gesto tan personal y socorrido
como éste.
No es fácil, sin embargo, discernir de sonrisas. ¡Son tantas y tan ambiguas! Ni siquiera
el mismo Paul Eckman, una de las máximas autoridades en el lenguaje gestual, llegó a
dar con una clasificación de ellas que fuera convincente. Sonrisas hay tantas cuantos
individuos, estados de ánimo y situaciones existen.
Ateniéndonos a la intencionalidad de la persona, se puede hablar de tres clases de
sonrisas: la sentida, la media sonrisa y la falsa.
La sentida es la producida por la alegría, por la felicidad o por el optimismo. Es la más
fácil de detectar. Moviliza los ojos, los labios, al tiempo que parece iluminar todo el
semblante de la persona. Es el gesto-rey; es la sonrisa propiamente dicha.
Cuando, de algún modo, los ojos parecen desmentir lo que la boca intenta expresar o la
frialdad de la mirada no está en armonía con los labios y el resto de las facciones, el
resultado es la media sonrisa. Son ejemplos de ella la sonrisita o sonrisa irónica, y un
sinnúmero de expresiones faciales equívocas bien difíciles, a veces, de discernir.
La fingida o falsa, por último, es el gesto forzado, fácilmente detectable por la
violencia con que se emplean tanto los ojos como los labios que, por cierto, no deja de
tener cierto atractivo. Paradójicamente, es la sonrisa que más tiempo permanece en el
rostro.
Los tres tipos de gestos se utilizan en la conversación, pero con efectos muy distintos.
Mientras que la media sonrisa y la falsa pueden dificultar la comunicación, la sentida o
verdadera tiene siempre efectos positivos y logra que el diálogo transcurra con
transparencia.
3. LA BONDAD EXPRESADA EN EL ROSTRO
NADIE DA LO QUE NO TIENE
La gente se conoce por su rostro. La cara puede decir muchas cosas de las personas: su
sexo, qué edad tienen, la raza a la que pertenecen, su estado de ánimo, y, en general, el
tipo de persona que se es o se proyecta ser. «La cara —dice la sabiduría popular— es el
espejo del alma».
En el trato diario, en el trabajo, en la televisión, en las revistas y en los periódicos
encontramos gran diversidad de rostros: caras de mujeres y de hombres, de jóvenes y de
ancianos, de niños y de adultos. Sus facciones reflejan sus inquietudes, sus ilusiones, sus
proyectos, etc. Todos esos rostros tienen rasgos en común, pero también poseen
expresiones bien distintas, que permiten hacernos una idea de su estado de ánimo, de su
carácter y de las líneas dominantes de su personalidad.
Las apariencias engañan a veces, y la experiencia nos enseña que hay que mirar bien y
sin prejuicios al rostro de la gente para saber discernir de personas. La bondad de la
mujer y del hombre, sin embargo, se asoma de ordinario a su mirada, a su porte y a su
sonrisa, a poco que éstos luchen por sacar lo mejor de sí mismos.
No creo que sea desacertado afirmar que no existe gesto que mejor revele la bondad de
la gente.
Es verdad que esta expresión facial está gobernada, en cierta medida, por códigos
socioculturales de comportamiento y que existen personas que sonríen con facilidad. De
padres risueños suelen salir hijos con sonrisa de cine. Sólo nacen simpáticos, sin
embargo, unos pocos. El resto de los mortales tenemos que esforzarnos por sonreír.
Un gran número de gestos que denominamos sonrisa no lo son en realidad. Son sólo
plagios, muecas o movimientos forzados, que, si bien expresan alegría, parecen ocultar
algo. La verdadera es un gesto de felicidad, y de amor con el que las personas se abren y
entregan a los demás.
El egoísta, prisionero de sí mismo, tiene serias dificultades para sonreír. ¡No es de
extrañar! El egoísmo contradice la naturaleza social del hombre.
La simpatía auténtica no es algo que se hereda, sino que se fragua a base de actos de
cordialidad, de atención a los otros, de generosidad, de bondad.
Como cualquier acción noble, es más bien el fruto de un proceso de crecimiento
personal. La sonrisa auténtica es, en suma, signo de plenitud y madurez personal.
CÓMO CRECER EN BONDAD Y AUTENTICIDAD
El atractivo y expresividad de una sonrisa tiene mucho que ver con la talla moral de la
gente. «La sabiduría ilumina el rostro del hombre y suaviza la dureza de sus facciones»
(Ecl 8.1).
Las personas que son prudentes, magnánimas, amables, discretas, comprensivas,
tolerantes, solidarias, veraces en suma, están siempre en condiciones de poder sonreír y
de hacerlo con naturalidad.
Si queremos, pues, hacerlo cómo, cuándo, dónde y a quien debemos, hay que luchar
por sacar lo mejor que llevamos dentro.
¿Cómo crecer en bondad? He aquí la cuestión. «La intensidad y la autenticidad son el
doble criterio de perfección de una persona»
No deja de ser un fenómeno curioso que las facciones sin doblez del niño se vayan
enturbiando a medida que pasan los años. Uno esperaría que este gesto tan atractivo no
perdiera su primer encanto, sino que, como el buen vino, adquiriera más solera con la
edad. Y, sin embargo, con la sonrisa suele ocurrir todo lo contrario. A medida que
entramos en años, de tal modo puede ir menguando, que, en ocasiones, puede hacerse
casi irreconocible.
Este ocaso, sin embargo, es sólo aparente. Todo lo más es un eclipse parcial, si
tenemos en cuenta la forma de evolucionar del ser humano.
La mujer y el hombre, por su condición de personas, son seres por hacer. Su vida, a
diferencia de la del resto de los seres vivos, consiste en un proyecto vital, único e
irrepetible, que ellos han de concretar con realismo y dedicación. Y solo en la medida en
que lo logren hacer realidad serán felices y podrán manifestarse tal como son.
Vivir con autenticidad e intensidad no es hacer lo que a uno le apetece o le viene en
gana. Cuando las personas actúan de ese modo, son víctimas del instinto, de sus deseos e
impulsos o van a remolque de lo que les dicta el ambiente.
Vivir la vida con intensidad y autenticidad consiste en vivir la existencia desde la
propia singularidad, ser fiel a sí mismo; lo que supone, a su vez, renunciar a lo que uno
no es y guiarse por la voluntad y no por la espontaneidad ciega y sin norte.
No nos basta con ser. La condición de ser la tenemos garantizada todos desde el día de
nuestra concepción. La mujer y el hombre son personas: seres inteligentes y libres,
llamados a ser más de lo que son. Su tarea es nada más y nada menos que terminar de
ser. «Vivir es decidir constantemente lo que vamos a ser»
Y ello implica entrar en
nuestro interior, para buscar nuestras cualidades, aptitudes así como nuestras
limitaciones. Luego, habrá que ponerse manos a la obra para llevar a buen término con
determinación el proyecto de vida propio. En esa labor por ser no podemos olvidar que
los logros y experiencias de los demás son siempre aprovechables y también cuentan.
LA EXPRESIVIDAD DEL ROSTRO
El semblante expresivo facilita la comunicación. Nos refleja algo de lo que piensa y
siente la persona con quien hablamos, al tiempo que hace que la conversación transcurra
con fluidez y sin recelos.
El rostro humano no es otra cosa que el desvela-miento de la persona, mientras que
esta acontece; una especie de retablo por el que desfilan los pensamientos, los
sentimientos, las ilusiones y los deseos, que constantemente bullen en el interior de las
personas.
El ser humano se hace presente por su rostro. La gente podrá gesticular todo lo que
quiera. Podrá hablar con toda la propiedad habida y por haber; con los tonos y registros
de voz de que quiera valerse, pero, si su cara permanece total o parcialmente oculta, él
será siempre una incógnita para el otro.
Cada uno es responsable en gran medida de su propio semblante, y tiene en sus manos
el conseguir que su cara sea suficientemente expresiva.
Nuestro rostro no está determinado por los genes ni por las circunstancias que nos han
tocado vivir. Nuestra fisonomía es, en parte, producto de una educación, de un esfuerzo
personal, que se va materializando a lo largo de nuestra existencia en un intento por
encontrar el sentido de las cosas y dar con nuestra propia identidad personal.
El ser humano, en su doble vertiente de mujer y varón, no es sólo biología. Es,
además, y sobre todo, biografía por su alta condición de persona. El hombre —se ha
dicho— es siempre tarea para sí mismo.
La expresividad facial de las personas será tanto más impactante cuanto más
desarrollada esté su inteligencia, mayor dominio posean de sí mismos y más cultivadas
tengan su sensibilidad y su imaginación.
Los rasgos faciales y el porte exterior del hombre, además de ser una de las más
evidentes pruebas de la dignidad de su condición humana, y su más evidente carta de
presentación, son también para el otro, para el resto de sus semejantes, a quienes, en gran
medida, se deben y a cuyo crecimiento personal han de contribuir.
No se puede ir por la vida de cualquier manera, malhumorados, cariacontecidos o con
cara de pocos amigos, pisando callos, complicando la existencia a los que viven a
nuestro alrededor. Esa actitud, además de ser poco razonable, entorpece y puede llegar a
enturbiar la normal convivencia de unos con otros.
CÓMO EXPRESA BONDAD LA SONRISA
Dime cómo sonríe la gente y te diré cómo es. Tal vez no haya gesto humano que mejor
revele la bondad de la gente que su sonrisa.
La bondad la define el DRAE como «la natural inclinación a hacer el bien». Aparte de
ser una expresión personalísima, que embellece y llega, en ocasiones, a transfigurar los
rostros de las personas y las diferencia del resto de los seres vivos, la sonrisa es el gesto
de la amabilidad, de la concordia, de la simpatía, del amor y de la amistad.
«En el momento que sonreímos a alguien le descubrimos como persona, y su respuesta
quiere decir que somos también persona para él» (Saint-Exupéry). La gente buena y
también la buena gente —aquellas personas que no viven sólo a golpe de impulsos
primarios—, sonríen mucho y con naturalidad.
No salen al encuentro de sus semejantes con cara seria y de pocos amigos sino que los
acogen; de ese modo ayudan a romper la desconfianza inicial y facilitan las relaciones de
unos con otros.
Salpicar la conversación y el trato con una cara risueña es otra buena costumbre, que,
además de evitar rigideces, contribuye a crear buen ambiente.
Sonreír al otro, por supuesto, denota aprecio. Pero no sólo eso. En multitud de
situaciones, constituye un recurso excelente para reconducir las relaciones de unos con
otros, así como para aminorar las tensiones que pueden ocurrir en el trabajo, en la calle,
en el seno mismo de la familia.
Un «no» o una amonestación, expresados con delicadeza convierten la discrepancia o
la advertencia en una mera observación. La sonrisa es, ciertamente, un valor humano
añadido a tener muy en cuenta por parte de padres y educadores en la educación de la
gente menuda y no tan menuda.
No tenemos derecho a descargar nuestro malhumor, nuestro descontento en quienes
tenemos a nuestro lado. La verdad es que tampoco sirve de mucho el estar viendo
constantemente la botella medio vacía. Esa tendencia malsana a verlo todo negro, que
cohabita con la parte luminosa y buena que llevamos todos dentro, no nos permite a
veces ver la cara alegre de la vida, y casi siempre está detrás del prejuicio, de los malos
entendidos, de la falta de armonía de unos con otros, en definitiva.
El rostro sonriente es luz, descanso, optimismo, alegría. Merece la pena sonreír aunque
ello exija un pequeño esfuerzo. Esta actitud no sólo hace feliz al otro. También nos hace
felices a nosotros.
SONREÍR ES BUENO
Es propio de gente sana e inteligente sonreír. No sólo es bueno para el otro, sino que
hace feliz a la persona que sonríe e incluso la rejuvenece.
La simpatía propicia y fomenta el tono positivo de las relaciones sociales. Las «caras
serias» no conducen a ninguna parte, sino que, más bien, hacen daño. Desde luego, no es
bueno tomar demasiado en serio lo que traemos entre manos, «nuestros asuntos», porque
acabarían con nosotros. Bastante pesan ya las calamidades y contrariedades de la vida
como para añadirles más preocupaciones.
A los sinsabores, a la tristeza, al tedio hay que contraponer la alegría, aprovechar los
buenos momentos, los pequeños placeres de la vida que nos salen al paso, para que no
sea todo cuesta arriba.
No cabe duda que las facciones alegres son uno de los mejores antídotos que tenemos
a mano. Habría que saturar la vida de gestos joviales para no sucumbir al cansancio, a la
monotonía y pesadumbre de los días iguales.
Además, es un sano ejercicio que, aparte de alegrar a los que tenemos al lado, nos hace
felices a nosotros mismos. No pensar siempre en uno mismo y pensar más en los demás
es, al fin y a la postre, rentable. Decía Goethe que «el hombre más feliz del mundo es
aquel que sabe reconocer los méritos de los otros y puede alegrarse del bien ajeno como
si fuera propio».
Esta disposición interior de apertura hacia los demás no es fácil de alcanzar pero es el
camino más seguro para ser feliz porque, la felicidad, al igual que «el placer, es un efecto
o producto secundario, y se destruye y malogra en la medida en que se hace un fin en sí
mismo»
Por último, es bueno incluso para la salud. «Corazón alegre pone buena cara, pero
corazón en pena deprime el ánimo» (Prov 15, 13). Aparte de que el rostro sonriente no
suele pasar inadvertido, una buena sonrisa rejuvenece a quien la da. Shakespeare
afirmaba: «He decidido estar alegre, porque, además, es bueno para la salud».
Sonreír es bueno, muy bueno, buenísimo.
4. ¿SE PUEDE CULTIVAR LA SONRISA?
ADQUIRIR EL HÁBITO DE SONREÍR SONRIENDO
Es bueno sonreír y está al alcance de cualquiera con una condición: que se esté
persuadido del gran valor e importancia que este gesto facial tiene en las relaciones
sociales.
Todavía hay mucha gente que piensa que la sonrisa es un gesto irrelevante, que no
añade mucho a la comunicación verbal.
Al menos ésta es la conclusión a la que llegamos, allá por el año 1996, después de un
sondeo que se realizó, a fin de evaluar la relación existente entre la bondad y la sonrisa,
con vistas a la realización de este trabajo.
Sólo el 5% de los encuestados opinaba que el semblante risueño facilita en gran
medida el trato con los demás. La mayoría de los participantes en la encuesta —el 85%
— estimaba que tiene escaso valor comunicativo; mientras que el 10% restante creía que
no añade nada nuevo a la comunicación oral. Un estado de opinión, bastante lamentable,
si se tiene en cuenta la riqueza expresiva y la actitud de apertura hacia los demás que
entraña un rostro sonriente.
¿Basta, sin embargo, el convencimiento de la bondad y conveniencia de ser afable para
lograr sonreír con frecuencia? No. En modo alguno. El hecho de reconocer el valor de
algo no implica su inmediata puesta en práctica. «El conocimiento no es causa de lo que
se hace»; su ejecución es producto de la voluntad. «Si no lo queremos, no hacemos lo
que sabemos». Aristóteles lo dice taxativamente en la Moral a Nicómaco: «No se
adquieren las buenas costumbres, sino después de practicarlas».
Como cualquier otra acción humana, física o moral, no se improvisa. En multitud de
ocasiones, cuesta y requiere un esfuerzo por nuestra parte. Podríamos añadir que es un
arte, una técnica que se aprende con la práctica. ¿Cómo se aprende a conducir?
Conduciendo. ¿Cómo se aprende a sonreír? Sonriendo.
Es verdad que existen personas de natural afable y bondadoso que lo hacen con mucha
facilidad. Son unos pocos agraciados. El resto tenemos que esforzarnos para crear el
hábito mediante repetidos actos de cordialidad, atención, solidaridad, generosidad, amor
a los demás, en suma.
El carácter de las personas —el buen carácter, se entiende—, en buena parte, es fruto
de una serie de hábitos y modos de reaccionar, que vamos adquiriendo poco a poco.
Claro que, tratando del cultivo de este gesto y de la necesidad de crear el hábito,
hemos de tener muy presente que no todas las sonrisas valen. Hay sonrisas y sonrisas.
Las hay sinceras; hay medias sonrisas y otras que, simplemente, hieren y hacen daño. Lo
vimos anteriormente, en el capítulo II.
Una sonrisa verdadera, o bien nace de lo mejor de uno mismo y de una actitud de
disponibilidad para con los demás o es, lisa y llanamente, puro teatro, por muy
domesticada que la tengamos.
EVITAR LA MEDIA SONRISA Y LA SONRISA FALSA: SONREÍR DE VERDAD
Sólo se siente uno a gusto con la gente que sonríe de verdad.
Casi todo el mundo procura hacerlo, si bien muchas veces se nota que algunos lo
hacen por inercia, para salir del paso o de mala gana.
En ocasiones, es posible toparse con gente que sonríe por sentimientos o impulsos no,
precisamente, positivos, sino más bien primarios e incluso sádicos.
Se dice, para citar un caso tristemente célebre, que Joseph Mengele, el «carnicero de
Auschwitz», uno de los peores asesinos del siglo XX, permanecía risueño mientras
arrancaba lactantes de los brazos de sus madres y cometía crímenes horrendos.
La sonrisa sentida o verdadera, sin embargo, es una acción eminentemente personal,
cargada siempre de racionalidad y de sentido.
Es básicamente, un don: un acto de generosidad del corazón que nace de lo mejor de
uno mismo y que parece estar queriendo decirle al otro: me alegro de que existas.
A un buen observador le es relativamente fácil discernir la verdadera de la que no lo
es. La auténtica moviliza la mirada, los labios e ilumina el resto de las facciones y
transmite confianza, cercanía y optimismo al tiempo que invita a sonreír a los que están a
su alrededor.
Mientras que la verdadera es un gesto atractivo, que hace la comunicación más grata,
las medias sonrisas y las falsas son gestos frustrados, que carecen de expresividad y que,
lejos de acercar a las personas, las pueden distanciar.
Aquéllas dadas a medias y las falsas, si bien se prolongan más que las sentidas, son
como los fuegos de artificio: apenas dejan huella. Las de verdad, en cambio, no se suelen
olvidar con facilidad.
Hay personas que atraen nuestra atención y a quienes nos encanta verlas sonreír. Es
gente buena y sin complejos que, cuando lo hacen, sonríen más con el corazón que con
la cara.
LA VERDADERA SONRISA SUPONE ESFORZARSE EN SER OPTIMISTA
No se puede sonreír de verdad, si no se intenta ver el lado positivo de las cosas y se
lucha por sacar lo mejor de uno mismo.
La mujer y el hombre optimistas no sólo se esfuerzan por «ver y juzgar las cosas en su
aspecto más favorable» (DRAE), sino que conciben su existencia como una tarea que es
necesario realizar lo mejor posible. El optimista, como su nombre indica, busca siempre
«lo óptimo», lo mejor.
Con frecuencia, no nos ocupamos de lo que va bien. Nos detenemos en los errores y en
las mezquindades que nos agobian en la vida y en el trabajo. Esa actitud derrotista,
ciertamente, no lleva a ninguna parte.
Casi todos los problemas pueden ser resueltos desde una óptica constructiva, siempre
que se acepte el desafío y el riesgo con un espíritu generoso. Convendría advertir que la
generosidad humana es educable.
Los grandes organizadores, los grandes emprendedores, los grandes políticos, son o
han sido personas de carne y hueso como nosotros, con fallos y limitaciones. Lo que les
diferencia del resto es que, en lugar de arrugarse ante los obstáculos, saben tener en
cuenta los múltiples factores positivos que ofrece la vida, y, en particular, el hecho de
que la vida continúa por muchos inconvenientes y contratiempos que se presenten. El
devenir mismo de los acontecimientos se encarga, muchas veces, de resolver las
dificultades que parecían insuperables.
El optimismo no significa que las cosas tengan que salir bien, ni que dejen de existir
los problemas. Lo que éste proporciona es la serenidad, la imaginación y la energía
necesarias para afrontar los escollos. Son cualidades que, con esfuerzo, podemos adquirir
y cultivar.
Las mujeres y los hombres optimistas, además de cultivar una visión positiva de las
cosas, conciben su existencia como una tarea a realizar, porque somos protagonistas
precarios: necesitados de ayudas, pero, a fin de cuentas, protagonistas.
La vida humana puede ser una apasionante aventura y una fuente inagotable de
ilusión, siempre que seamos conscientes de nuestra elevada dignidad de personas y nos
esforcemos por hacer realidad un proyecto de vida realista e ilusionado. El ser humano
—no se puede olvidar— es un ser inteligente y libre, que es autor de su propia biografía.
Una sonrisa sentida, pues, es fruto de una visión benévola de las personas y de las
cosas y de ese esfuerzo diario por ser más y mejores.
SONREÍR EXIGE AUTODOMINIO FRENTE A LAS CONTRARIEDADES
Hay que acostumbrarse a convivir con las contrariedades, sin dejarse doblegar por
ellas, para poder sonreír de verdad.
Los contratiempos y las dificultades son tan inseparables del hombre como su propia
sombra. La vida de la mujer y la del varón está llena de imprevistos, malos tragos e
impedimentos, a veces, difícilmente evitables.
En ocasiones, las cosas no salen ni como a uno se le antojan ni como las hemos
planificado. Mira, por ejemplo, lo que ocurre cuando decides hacer reformas en tu piso.
Te dan un presupuesto, fechas, seguridades, garantías, etc., etc. Luego resulta que las
obras se eternizan, los gastos se disparan, y lo que te dan al final ni es lo que tu te
imaginabas, ni satisface a nadie; ni siquiera al proyectista que ha realizado el trabajo.
Puede que, a veces, las cosas nos vayan de cine. ¡No nos hagamos ilusiones! Las cosas
buenas también tienen su final. No esperemos que esa sensación de bienestar nos dure
toda la vida. La realidad se va a encargar de rebajar nuestras expectativas y ponerlo todo
en su sitio.
Las cosas son como son y no como a nosotros nos gustaría que fueran. Los hechos son
tozudos.
Decía T. S. Elliot que «el ser humano soporta muy poca realidad».
Es un error que cometemos la mayoría de las personas a menudo: nos hacemos a la
idea de que las cosas tienen que ser de un modo, y, luego, ocurre que nos salen de otro.
No contamos con que la realidad tiene sus fueros, sus exigencias que son inapelables y
que hay que aceptar. Nos falta el conocimiento de la realidad, de nuestras propias
limitaciones primero y, luego, la entereza para saber reaccionar ante las contrariedades.
Hay convencimientos —conocimientos— que son imprescindibles para andar en
verdad. Uno de ellos es éste: los problemas surgen —a menudo— porque las
expectativas que tenemos de la vida son falsas. Mientras le pidamos a la vida más de lo
que ésta puede dar, viviremos descontentos.
Luego, no basta con plantarle cara y mantener el ánimo alto frente a las contrariedades,
sino que habrá que tratar de superarlas. Las personas enteras se crecen ante la
adversidad.
Por último, según como los veamos, «muchos problemas» no son tales. Las personas
maduras han ido aprendiendo con los años a discernir lo relevante de la vida de aquello
que no lo es, para quitarle hierro a las situaciones y no dramatizar la vida en exceso.
Sonreír ante la adversidad no es ciertamente cuestión de resignación. Sólo requiere que
se dé a los hechos la importancia que verdaderamente tienen y, luego, les hagamos frente
con entereza. Es, como todo, cuestión de ser uno dueño de sí y no ser víctimas del viento
que sople. Pero esto, claro está, requiere una educación permanente. Y no bajar la
guardia.
APRENDER A SONREÍR EXIGE FOMENTAR EL BUEN HUMOR
Es difícil sonreír cuando falta un mínimo de sentido del humor. Sin un poco de humor
la vida puede resultar aburrida. A las contrariedades, las tristezas y la pesadumbre hay
que contraponer la alegría, para que la existencia no se nos haga demasiado cuesta
arriba.
El buen humor es propio de personas que saben amar. Ellas saben emplearlo para
hacer más grata la convivencia. En ocasiones, un chiste, una anécdota, una salida
ocurrente son como el contrapunto que rebaja el tono excesivamente grave que va
tomando la conversación; el recurso que salva del «corte» o apuro en que nos
encontramos en una tertulia o reunión; la forma más socorrida de reconducir el diálogo.
El humor no está reñido con la seriedad. Seriedad y buen humor son perfectamente
compatibles. Todos conocemos a personas, bien responsables, por cierto, que con
elegancia saben salpicar el trato con intervenciones y comentarios jocosos.
Muchos y graves problemas han sido resueltos en clave de humor y con una sonrisa.
Hay gente que es simpática y tiene buen humor por temperamento.
«¿A qué no imaginas que años tengo?» —preguntaba una señora, bien entrada en años
y no mal conservada, a un joven.
«Pues, francamente no sabría decirle» —contestó el chico, un tanto perplejo.
«¡Los que represento, joven, los que represento!»
«¿Tantos, señora?»
¡Magnífica respuesta! ¡Difícil es replicar con mayor agudeza a la petulancia de la
señora en cuestión, sin provocar la sonrisa!
El buen humor es, ciertamente, un don natural para algunos. La mayoría tenemos que
cultivarlo como cualquier otro valor humano.
Fomentar el buen humor pasa, primero, por tomarle la medida a la vida y conocer lo
que ésta puede dar de sí. Cuando nos pasamos los días viendo gigantes donde sólo hay
molinos, estamos convirtiendo la existencia en un drama.
Decía C. S. Lewis que «el humor implica un cierto sentido de las proporciones y la
capacidad de verse a uno mismo desde fuera». No basta con tener una visión objetiva de
las cosas. El buen humor exige, además, salir de uno mismo y verse como uno es. Ese
conocimiento de sí, cuando se realiza con inteligencia, con sinceridad y con finura de
espíritu nos proporciona la certeza de nuestro valor real y de aquello que nos condiciona
de algún modo. En este conocimiento de sí es donde posiblemente radique el secreto del
buen humor y de la sonrisa verdadera.
Desde luego, cuando se tiene buen humor, la sonrisa surge sola y con naturalidad.
EL CULTIVO DE LA SONRISA REQUIERE SUPERAR NUESTROS ENFADOS
El ceño fruncido es enemigo declarado de la sonrisa. ¡Hace falta tener mucho oficio
para poder sonreír cuando se está enfadado!
Cuando estamos de mal humor y sacamos fuera la parte fea que llevamos todos dentro,
los músculos de la cara se tensan, el semblante se ensombrece y la sonrisa se va de
vacaciones.
Que levante la mano el que no haya perdido los papeles más de una vez y no haya
montado un numerito por una nadería. Todo el mundo, incluida la gente virtuosa, se
suele coger sus enfados de vez en cuando y por motivos más bien triviales. Decía
Benjamín Franklin que «siempre hay razones para estar enfadado, pero éstas rara vez son
buenas».
Ir con cara de pocos amigos por la vida es de lo más fácil. Desde que suena el
despertador por la mañana hasta que nos acostamos no sobran razones para estar
enfadados: preocupaciones, contratiempos, desaciertos, pequeños roces. Sobre la mesa
de trabajo hay más de lo mismo un día sí y el otro también, y, de vuelta a casa, lo de
siempre: las tareas del hogar, los niños, las facturas, etc., etc.
¿Hemos de andar de morros y armar la gresca a la primera de cambio? Por supuesto
que no. Si alguna vez, nos comportáramos así, haríamos bien en estudiar la causa. No
nos vaya a ocurrir lo que a aquel amigo mío que llevó a su hijo al psiquiatra y que
después de unas sesiones con el especialista llegó a la conclusión de que quien
necesitaba ir al psiquiatra era él.
La mayoría de nuestros enfados no tienen razón de ser; y cuando, en algún caso, la
tienen, haríamos bien en actuar con inteligencia y autodominio. No es bueno dejarse
llevar por la ira o el mal humor. Ganamos más hablando con la gente en tono dialogante
y con espíritu abierto.
Además, hay mejores maneras de ahuyentar la sonrisa que ir con la «declaración de
nuestros derechos» por delante. Cuando nos sentimos en posesión de la verdad no solo
no escuchamos, sino que con nuestra actitud prepotente provocamos los enfados de los
demás. Con las personas amables, educadas, en cambio, la posibilidad de enfadarse es
mucho menor.
Ciertamente, los enfados son a veces inevitables. Ahora bien, si queremos ser amables
y que nuestro semblante ilumine el ambiente, tendremos que estar atentos para no
dejarnos llevar por el mal humor. Y si en alguna ocasión molestamos u ofendemos, lo
propio es pedir perdón con una sonrisa, a ser posible.
* * *
¿Se puede cultivar la sonrisa? ¿Cómo? Sonriendo siempre que sea posible, pero de
verdad.
No olvidemos que el cultivo de la sonrisa se apoya en la educación de virtudes:
optimismo, alegría, buen humor, magnanimidad, etc.
5. EL ESTILO PERSONAL
¿QUÉ ES EL ESTILO PERSONAL?
Los seres humanos tenemos muchas cosas en común: una de ellas es que somos
diferentes. No hay dos personas iguales. Cada una de ellas tiene su propio modo de ser,
su personalidad, su estilo personal propio.
Hay, pues, tantos estilos como personas. «El estilo —afirmaba Bufón— es el hombre».
María Moliner, con la precisión que le es propia, define el estilo como «la manera de
hacer una cosa que resulta característica de una persona». «La personalidad —dice
Mariano Yela— es el modo concreto de hacerse persona». El estilo personal es la
consecuencia de ser persona.
El estilo personal, si bien se va mejorando con el paso de los años, tiene su
fundamento en la condición personal del ser humano. La mujer y el hombre, por el
hecho de ser personas, son realidades únicas e irrepetibles, que se diferencian netamente
unas de otras. Cada persona es un mundo, solemos decir, y cada uno tiene su manera
peculiar de pensar, querer y sentir.
Dejar huella en lo que uno tiene de único e irrepetible es una de las principales razones
del existir del hombre. Diferenciarse de los demás, ciertamente, es una tarea legítima e
ilusionante, que sólo se puede llevar a cabo tratando de descubrir aquello que de valioso
e inédito tenemos todos dentro, potenciándolo al máximo.
Un proverbio ruso dice: «El hombre lleva su superioridad dentro de sí». La persona
humana es un «pequeño absoluto», con una identidad propia, capaz de elegir por sí
mismo lo que quiere ser y llegar a realizarlo, sin olvidar que somos seres finalizados. «El
hombre —se ha dicho también— es un ser de crecimiento irrestricto» y Pascal fue aún
más lejos al afirmar que «sólo superándose a sí mismo el hombre es plenamente
hombre».
Cuando hablamos de gente con estilo personal propio, nos estamos refiriendo a ese
tipo de personas que luchan por sacar lo mejor de sí mismas y que son coherentes con su
propio modo de ser.
Desde luego, si nuestra sonrisa va a ser auténtica, es decir, la nuestra, tendremos que
entrar en nuestro interior, buscar qué es aquello que nos diferencia de los demás y
desarrollarlo siendo fieles a nosotros mismos.
LA ORIGINALIDAD DE LA SONRISA EN CADA PERSONA
No todas las sonrisas son iguales, ni tienen el mismo valor. Hay sonrisas vacías, que
no dicen nada, y sonrisas expresivas y con carácter. Las primeras son gestos casi
mecánicos, superfluos a veces, mientras que las segundas son personales, originales,
propias de gente que trata de vivir desde sí misma.
Para sonreír con originalidad es necesario poseer verdad facial. Se realiza este gesto
con verdad facial cuando la respuesta que se da al otro tiene las características propias de
cada uno, y es sentida, sincera.
Simularla, en un momento dado, puede ser fácil sobre todo para la gente del
espectáculo y de la política, acostumbrada a representar un papel determinado. El gesto
«amañado», sin embargo, es fácil de detectar a poco que nos fijemos con detenimiento
en el rostro de nuestro interlocutor.
Los sentimientos ocultos, de ordinario, suelen filtrarse por la zona superior de la cara.
Los ojos, las cejas y la frente son —a juicio de los expertos en el lenguaje facial— la
auténtica nariz de Pinocho de los humanos.
Cuando la sonrisa es falsa o a medias, la boca y los ojos parecen entrar en conflicto:
mientras que la comisura de los labios se extiende, los ojos delatan el estado real de
ánimo. Uno puede esconder el enfado, la tristeza, el dolor tras una sonrisa de cine; los
ojos, en cambio, están siempre ahí, como dos testigos insobornables, que expresan lo que
realmente se siente.
Por otro lado, no se puede sonreír con originalidad, si no se vive la vida desde la
propia singularidad de cada uno. Oscar Wilde decía que «nadie interesa a los demás, si
no es auténtico».
A diferencia de los seres irracionales, la mujer y el varón son alguien, son personas, es
decir, una realidad con atributos enteramente propios, originales e irreductibles. El ser
humano es un ser libre y responsable, capaz de imaginar, proyectar y elegir por sí mismo
lo que quiere ser, y es capaz de llegar a realizarlo. Esa singularidad personal aflora a su
rostro, lo distingue de los demás, lo individualiza y lo hace tanto más interesante y
expresivo cuanto más auténtica e intensa sea su vida personal. Las personas que
consiguen una personalidad bien definida llaman la atención y suelen dejar huella.
Las personas, por tanto, si quieren sonreír con originalidad, habrán de entrar en sí
mismos, a fin de lograr un buen conocimiento de sus propias características, cualidades y
limitaciones, elaborar un proyecto de vida realista e ilusionante y luego, claro está,
luchar para llevarlo a cabo. Sólo así podrán sonreír de verdad y con sonrisa propia.
EL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO Y LA SONRISA
Para poder sonreír con autenticidad hay que conocerse, aceptarse y mejorar.
Evidentemente, una persona no puede ser lo que es, si no se conoce. Para que alguien
se convierta en guionista y autor de su propia biografía, y se reconozca en ella, tiene
forzosamente que saber quién es él mismo.
El conocimiento propio es, pues, el cimiento sobre el que habremos de trabajar para
descubrir nuestra identidad, diseñar un proyecto personal de vida que sea valioso y
realista, y, luego, llevarlo a cabo.
Pero no conviene olvidar que el conocimiento propio es inseparable de los otros dos
términos de un trinomio: la aceptación de sí mismo y la propia mejora personal. Los
proyectos personales contribuyen notablemente al conocimiento, aceptación y mejora
personal.
El autoconocimiento es un saber al que no solemos prestar atención y que, sin
embargo, constituye uno de los requisitos más imprescindibles para iniciarse en el
conocimiento de las personas y de las cosas, adquirir una auténtica sabiduría y mantener
unas relaciones sólidas con los demás.
Ningún conocimiento es fácil, y menos el propio. Conocerse exige una labor de
introspección, una capacidad de análisis y de crítica nada común para descubrir los
rasgos caracterológicos y de temperamento en los que se apoya nuestra personalidad, así
como aquellas limitaciones, puntos débiles y zonas oscuras que tendremos que superar
poco a poco.
La vida misma y los amigos actúan, asimismo, como una suerte de lazarillos o de
verdugos en la búsqueda de nuestra identidad. La propia experiencia con el paso de los
años nos va aportando datos clarificadores sobre disposiciones, tendencias, aficiones y
cualidades. Las observaciones de los amigos, con quienes tenemos confianza y nos
sinceramos, arrojan luz y nos descubren aspectos a superar o a fomentar, a cuyo
conocimiento no hubiéramos podido llegar nosotros mismos.
«Nunca dejaremos de ser una cuestión para nosotros mismos» —decía San Agustín—.
El hombre tiene algo de misterio, que se nos escapa y que nunca se acaba de conocer. De
ahí que el conocimiento de uno mismo sea algo así como una asignatura pendiente, que
habrá que revalidar día tras día, año tras año, durante toda nuestra existencia terrena.
¿Es posible sonreír sin tener un conocimiento propio? Por supuesto que sí. La sonrisa
es un gesto facial que está al alcance de cualquiera. Después de todo, para sonreír sólo se
necesita un mínimo de sensibilidad o, simplemente, hacer un pequeño esfuerzo.
Ahora bien, de lo que se trata aquí no es de hacerlo de cualquier modo, sino con una
sonrisa natural: la nuestra, al fin y al cabo.
LA SONRISA Y LA ACEPTACIÓN DE SÍ MISMO
La autenticidad de nuestras facciones tiene mucho que ver con la aceptación de uno
mismo. Sí conocerse es difícil, más difícil aún es aceptarse como uno es.
La aceptación de uno mismo es la primera ley del crecimiento personal. Romano
Guardini la llama la «Carta Magna del existir»
He de querer ser el que soy. Debo partir de mí mismo al asumir la tarea que me ha sido
propuesta en el mundo. Y debo realizarlo con mis disposiciones, con mis costumbres
arraigadas, con mis limitaciones. No hay otro camino: aceptarse como uno es y, luego,
querer mejorar como persona.
Esta fidelidad a lo real es la clave de la autenticidad, de mi realización como persona,
y, en definitiva, del valor de mi sonrisa.
A duras penas nos resignamos a ser nosotros mismos. Tenemos la sensación de que no
vale la pena ser como somos. Se trata, pues, de una huida. Y en esa fuga nos topamos
una y otra vez con los barrotes de nuestras deficiencias y limitaciones. Eso sí, percibimos
que tenemos dotes, pero nunca estamos satisfechos, queremos siempre tener más. No nos
aguantamos. Y, con frecuencia, presos de la monotonía y del desaliento, caemos en el
hastío.
¿He pedido yo ser, acaso? —nos preguntamos—. A veces se llega a sentir la tentación
del suicidio. Esta forma extrema de evasión, por cierto, está convirtiéndose en una de las
grandes lacras de nuestra época.
En palabras de Romano Guardini, hoy en día, tal vez más que en otros tiempos,
«mengua la fidelidad al propio ser»
¿Quiere esto decir que la mujer y el hombre al
aceptarse a sí mismos han de renunciar al esfuerzo de ser más, de crecer como personas?
¡En modo alguno! Ella y él pueden crecer y deben hacerlo, si bien han de contar siempre
con su propia realidad, buscar las ayudas necesarias y aprovechar los recursos a su
alcance. Pero muchos se resisten a buscar con tenacidad esas ayudas y a descubrir esos
recursos.
El reconocimiento de su propia dignidad de persona es el fundamento de la propia
aceptación, la razón del respeto que la mujer y el hombre se deben a sí mismos. Ellos
han de amarse y aceptarse a sí mismos con sus cualidades y defectos, y con todas sus
características tanto físicas como psíquicas.
No deja de ser ejemplar ver la cara de felicidad de un ciego, o los rostros radiantes de
no pocas personas con impedimentos físicos severos. ¡Ni una sombra de resentimiento o
de amargura! Más bien, una sonrisa abierta y sin amaño.
Bernabé Tierno llama a la aceptación de sí «el valor de los valores». No vamos a
entrar en el puesto que la aceptación tiene en la jerarquía de los valores. Lo que sí es un
hecho incontestable es que cuando una persona no se acepta y está descontenta de sí, su
sonrisa se desfigura o se vuelve irreconocible.
LA SONRISA Y LA MEJORA DEN PROPIO ESTINO
La sonrisa es un gesto atractivo y noble, que agranda y distingue a quien la da. Es una
expresión que realza el semblante de las personas, su aspecto exterior, y facilita la
convivencia de unos con otros. Sin ella, el trato humano resultaría algo frío, distante o
incluso tosco. No creo que sea exagerado afirmar que las relaciones humanas
«chirriarían» constantemente.
En primer lugar, embellece el rostro de las personas. La cara del hombre, y sobre todo
la de la mujer, puede llegar a transfigurarse cuando sonríe. Rejuvenece las facciones de
los individuos por duras que estas sean, disimula las arrugas, hace brillar los ojos, y, en
general, siembra la faz de tonalidades inéditas, que obligan al otro a concentrarse en ella
a la caza de nuevos mensajes y significados.
Además, es elegante. Distingue a las personas. Las mujeres y los hombres sonrientes
son, de ordinario, gente alegre y de buen humor, que exterioriza su amor y entusiasmo
por la vida y por los demás.
Es propio de gente que no se arruga con facilidad ante los obstáculos y los problemas
que constantemente salen a nuestro encuentro. Son personas que saben sacar partido de
lo positivo que ofrece la vida y que, por cierto, es mucho. ¡Qué bonito es pasar por la
vida intentando disculpar, poner paz donde hay roces, quitar hierro a los conflictos que
surgen acá y allá!
Es un gesto simpático y generoso, propio del ser humano, y que prende con facilidad
en los demás. La sonrisa llama a la sonrisa. Una cara alegre genera con frecuencia otra y
luego otra y otra. Cuando es natural y llena de significado casi nunca cae en el vacío sino
que, como la piedra que lanzamos a un estanque, inicia una estela que llega a quienes
están a su alrededor. Es una llamada, una invitación a participar de la alegría y el gozo
que nosotros sentimos.
La magia de esta expresión tan personal y su «efecto dominó» como arma para una
mejor convivencia debería atraer la atención de padres y educadores, quienes harían bien
en inculcar en los niños y jóvenes la excelencia de este gesto tan valioso enseñando a
realizarlo con autenticidad. Claro que difícilmente les enseñaremos a sonreír a nuestros
hijos y alumnos si no nos acostumbramos a hacerlo nosotros mismos.
Sólo en clave de señorío y de servicio a los demás es posible comprender el
comportamiento de hombres como Tomás Moro quien, al pie del cadalso, minutos antes
de ser decapitado se dirigía a su verdugo para decirle con una sonrisa: «¿Puede
ayudarme a subir? Porque para bajar ya sabré valérmelas por mí mismo».
Parece ser, por tanto, que la influencia es mutua. Este gesto es un componente
imprescindible del estilo personal y de su mejora, pero el modo peculiar de sonreír es
patrimonio de su estilo propio.
6. EN LA VIDA FAMILIAR
RESOLVER CON LA SONRISA LAS SITUACIONES CONFLICTIVAS
Las personas que sonríen habitualmente hacen familia. Los padres, hijos, hermanos,
abuelos hacen familia cuando con su actitud de servicio y entrega contribuyen a mejorar
la convivencia familiar.
No es lo mismo entrar en casa de cualquier manera, que saludar a quien sale a tu
encuentro con una sonrisa. Como tampoco es igual contestar de malos modos a los
reclamos de la gente menuda que responderles amablemente.
Los detalles marcan las diferencias, y las atenciones y muestras de consideración para
con los demás o se aprenden pronto en el seno de la familia o difícilmente se adquieren
después.
La familia es el lugar de encuentro donde nos preparamos para vivir en sociedad, la
escuela natural donde se cultivan los buenos hábitos y modales, y en la que se aprende a
convivir.
Si hay cariño, comprensión mutua, delicadeza, amor y todo lo que incluye una buena
educación, habrá sociedad. Si por el contrario lo que reina es el egoísmo, la
desconsideración, la falta de solidaridad, el resultado será una agrupación de personas,
sin más. Una familia sana contribuye a formar una sociedad sana.
Siempre que sea sentido, este gesto puede resolver muchas de las situaciones
conflictivas que a veces ocurren en la familia.
Es inevitable que, en ocasiones, nuestro comportamiento moleste o incluso irrite a
quienes están a nuestro alrededor. La mejor solución en esos casos no es montar un
número y pagar con la misma moneda, sino responder al otro con amabilidad.
Un grupo de psicólogos especializados en conflictos matrimoniales daba a los
cónyuges estos diez consejos:
1. Nunca os irritéis los dos al mismo tiempo.
2. Nunca os gritéis el uno al otro, a menos que la casa esté en llamas.
3. Si uno de los dos tiene que vencer en la discusión, deja que sea tu
cónyuge.
4. Si tienes que criticar, hazlo con amor.
5. Nunca os echéis en cara errores del pasado.
6. Sé negligente con cualquiera antes que con tu cónyuge.
7. Nunca os retiréis a dormir con un desacuerdo sin resolver.
8. Por lo menos una vez al día trata de decir algo bondadoso o un
cumplido agradable a tu cónyuge.
9. Cuando hayas hecho algo equivocado, prepárate para admitirlo y
pedir disculpas.
10. Dos no riñen si uno no quiere, y el que está equivocado es el que
más habla.
Los psicólogos en cuestión no mencionan para nada la sonrisa, pero a buen seguro que
quienes ponen en práctica estos diez consejos sonríen sin mayor problema y hacen la
vida más fácil a los demás.
CREAR UN AMBIENTE HOGAREÑO DE BUEN HUMOR Y RELACIONES FAMILIARES DISTENDIDAS
Las personas que sonríen habitualmente en casa contribuyen a crear un hogar acogedor
y a que las relaciones entre padres, hijos y hermanos sean más alegres y distendidas.
«Una buena sonrisa —decía William Thackeray— es la luz del sol en un hogar».
Una buena cara en casa nunca está de más. Unos ojos expresivos y alegres,
acompañados de una sonrisa en los labios es, muchas veces, todo lo que se necesita para
disipar un malentendido, atraer la atención de quienes nos escuchan, reconducir un
diálogo o frustrar una situación embarazosa.
Una cara alegre, una palabra de aliento, la anécdota graciosa y oportuna, un chiste
quizá, son industrias a las que conviene recurrir de vez en cuando para aliviar los
contratiempos o malos ratos que se presentan en la vida familiar.
No es cuestión de exagerar. Sonreír sin ton ni son, además de resultar cargante, no
tiene sentido ni va con la gente que está en su sano juicio. Se trata, más bien, de de
fomentar un ambiente alegre y distendido.
A veces se piensa que en casa vale todo. Da lo mismo andar por casa «hecho un adán»
que responder airadamente y sin miramientos de ningún género, o decir lo primero que
se nos ocurra. Esto es un error. Los buenos modos, el detalle, las atenciones para con los
demás, el buen talante cuentan tanto dentro como fuera de casa.
El hecho de vivir bajo el mismo techo las veinticuatro horas del día y poder
comportarnos en casa con total naturalidad y sin trabas no justifica que actuemos de
cualquier manera y que digamos lo primero que se nos pase por la cabeza, sin pensar en
las consecuencias.
Un gesto amable en casa vale más que cien atenciones fuera. Los gestos de
agradecimiento, comprensión, aprobación, compromiso, disponibilidad, etc., son
manifestaciones positivas que apreciamos, que agradecemos y que ayudan a crear ese
ambiente hogareño de buen humor, tan necesario para hacer familia.
Estar alegre habitualmente en casa, por supuesto, es difícil, muy difícil a veces. Toda
buena acción requiere un esfuerzo y la sonrisa no es una excepción. Hay que intentar
sonreír, a veces sin ganas.
Desde luego, si queremos que nuestro hogar sea ese remanso de paz, esa comunidad de
amor y solidaridad en la que los hijos se sienten seguros y en la que aprenden a amar, a
respetarse y respetar a los demás, habrá que hacerlo más y mejor.
Tomen nota los padres, sobre todo. A ellos corresponde dar ejemplo con su actitud y
talante positivos y dialogantes. Si los padres no sonríen, es difícil que los hijos lo hagan.
DEJAR DE SONREÍR EN FAMILIA PUEDE SER BUENO
Sonreír es amar. En algunas ocasiones, dejar de hacerlo puede serlo también.
Este gesto es un regalo, un don, pero no puede ser moneda de cambio ni prestarse al
chantaje.
No siempre es prudente corresponder a una cara risueña con otra. Dejar de hacerlo o,
simplemente, ignorar al otro puede ser un correctivo, un signo de desaprobación o una
manera de querer decir muchas cosas. «A buen entendedor, pocas palabras».
No siempre se les puede reír las «gracias» a los niños. Ni devolverles la sonrisa. A
veces, habrá que ponerles cara seria, sobre todo cuando hacen una trastada y nos la
quieren justificar con una de sus «ingenuas sonrisas». Nuestros hijos son personas a las
que hay que prestar atención y educar para vivir en sociedad y en la verdad desde la
infancia.
La gente menuda, ciertamente, no es consciente muchas veces de lo que hace, pero
saben emplear todas las tretas y artes que pueden para conseguir lo que quieren. Dar a
los niños todo lo que se les antoja es un error de bulto. Si queremos que un hijo deje de
sonreír de adulto, démosle todo lo que nos pida.
Cuando el niño miente o trata de salirse con la suya, la respuesta habrá de ser un «no»
dicho amablemente.
El niño pronto va a dejar de ser niño para entrar en la adolescencia, esa etapa de la vida
tan delicada en la que el ser humano ni es niño ni es adulto, pero está muy despierto su
«yo». En estos años el niño empieza a entender de rostros y a discernir lo que quieren
decir. Curiosamente, la adolescencia es la etapa en la que se sonríe menos y en la que se
rechaza sistemáticamente casi todo.
Cuando el adolescente sonríe habrá que saber descifrar lo que quiere expresar. Y si ella
o él se muestran voluntariosos o quieren llevar el agua a su molino, tendremos que
cerciorarnos de que sus pretensiones son razonables. El adolescente no está seguro de sí
y es muy posible que su sonrisa busque un cómplice en la nuestra.
Los jóvenes y los adultos que entienden ya mucho de gestos y conocen bastante bien
los múltiples registros y matices que ofrece el rostro saben que, en ocasiones, lo correcto
es dejar de sonreír al otro sea en familia o fuera de ella. Una salida de tono, una
ocurrencia de mal gusto, un chiste procaz, una grosería no son de recibo por mucha
chispa que tengan.
Tampoco es lo más ajustado a la verdad aprobar comportamientos, gestos y actitudes
irresponsables, por muy graciosas que pudieran parecer a los demás.
Claro que también se puede desaprobar o amonestar sonriendo, aunque parezca un
contrasentido, ya que los gestos pueden decir muchas cosas.
La sonrisa manifiesta acogida, aprobación, compromiso, disponibilidad, premio,
coqueteo, etc., pero a veces omitirla puede ser el mejor modo de poner las cosas en su
sitio.
CUANDO SE QUIERE COMUNINAR UN MENSAJE IMPORTANTE, LA SONRISA ES PRÓLOGO DESCONTAMINADOR DE RUIDOS
Quien sonríe acoge, inspira confianza y hace de su rostro una casa en la que los demás
tienen cabida.
Una cara afable predispone a escuchar los mensajes y es prólogo descontaminador de
ruidos. Entendemos por ruidos aquellas imaginaciones y pensamientos difusos que de
ordinario mariposean en nuestro interior y nos impiden concentrarnos en nuestras
ocupaciones.
Quien sonríe juega con ventaja por muchas razones. Ver a alguien sonreír, en primer
lugar, causa sorpresa y produce expectativas en el interlocutor. Una sonrisa serena invita
a prestar atención al otro. Sonreír en circunstancias poco propicias no lo hace todo el
mundo y nos revela que la persona que tenemos enfrente se sale del montón.
En segundo lugar, ayuda a crear un clima de alegría y holgura que hace la convivencia
más fácil y fluida.
En tercer lugar, facilita a quien sonríe la ocasión de pronunciar unas palabras
introductorias a su mensaje, al tiempo que quita solemnidad y distanciamiento a las
relaciones con los demás.
En cuarto lugar, contribuye en gran medida a quitar importancia a aquellas
preocupaciones y pensamientos que producen ruido interior en las personas.
Por último, nos invita a deshacernos de lo superficial para sustituirlo por asuntos
importantes o incluso esenciales.
Nos estamos refiriendo aquí, claro está, a un tipo de sonrisa que va más allá del
prólogo o sonrisa inicial. Se trata aquí, más bien, de un gesto que desaparece, pero que
tiende a reaparecer en momentos sucesivos de la conversación. No es cuestión de
mantenerla artificialmente, sino de volver a expresarla en los momentos adecuados de la
conversación. Sonreír así es como subrayar palabras cuando escribimos.
Rogar a la gente que sonría, sobre todo en la vida de familia, no es pedir demasiado.
Cuando la Madre Teresa de Calcuta sugería a los ejecutivos americanos que sonrieran a
sus empleados en momentos de tensión, no les estaba proponiendo nada imposible. Solo
les pedía que fueran más humanos, más comprensivos, más personas.
Cuando se quiere comunicar un mensaje, sonreír es una manera eficaz de afianzar
nuestras relaciones sociales y de hacer un mundo más acogedor.
LA PERSONA SONRIENTE CONTRIBUYE A CREAR UNA FAMILIA RISUEÑA (TIENDEN A SERLO LOS RESTANTES MIEMBROS)
Es ley de vida. Habitualmente, cuando los padres sonríen, los hijos también lo hacen.
De padres sonrientes salen, a veces, hijos con cara de amargados o de pocos amigos. Lo
normal, sin embargo, no es eso. De tal palo, tal astilla. De tal padre, tal hijo. Si la madre
y el padre son amables y simpáticos, lo lógico es que la prole sea amable y simpática.
A veces, los ademanes de nuestros hijos hasta tal punto se asemejan a los nuestros que
la gente de fuera los asocia enseguida con nosotros: «Tú eres hijo de fulano». «No, no
me preguntes cómo lo he adivinado». «Esos andares, tu voz, esa sonrisa son
inconfundibles».
Albert Camus dijo que «el hombre es responsable de su propio semblante». La mujer y
el hombre, por ser personas, son seres libres y responsables. El ambiente en que se
desenvuelven, sin embargo, no deja de influirles. Son factores accidentales, pero que
cuentan y afectan a su modo de ser.
El rostro humano, ese escaparate del yo, capaz de revelar nuestra personalidad y
nuestros estados de ánimo, empieza a forjarse a edad bien temprana en el seno de la
propia familia.
Conviene no olvidar que la sonrisa del bebé, en contra de lo que se suele pensar, es un
gesto reflejo que es reforzado por el gesto que recibe de sus padres. Las atenciones, el
cariño y la ternura de quienes están a su alrededor, van a influir notablemente en su vida.
La sonrisa del niño depende de la sonrisa de los padres.
El niño, además, en sus primeros años no sólo adora a sus padres, sino que se mira en
ellos como en un espejo. Los niños pequeños imitan todo, incluso los tics nerviosos de
sus progenitores. La sonrisa de los padres pasa a los hijos tal cual, con el encanto
añadido de su edad.
Cuando más tarde el niño inicia la difícil etapa de la adolescencia, sus gestos
comienzan a tomar cuerpo y a adquirir características más definidas. En esos años, la
sonrisa de los padres seguirá influyendo inconscientemente en la del adolescente como
principal referente.
La adolescencia es quizá la etapa en la que se sonríe menos, pero los modales de sus
padres siguen siendo la pauta.
En la juventud, e incluso más adelante, cuando este gesto ha llegado a su mayoría de
edad, la sonrisa de los padres seguirá estando siempre presente.
La persona risueña, indudablemente, contribuye a crear una familia sonriente. Su
esfuerzo por estar siempre de buen humor, por dar la talla en todo lo que hace y su
empeño por hacer feliz a los demás va dejando huella en los suyos.
7. EN LA VIDA PROFESIONAL Y SOCIAL
LA VIDA PROFESIONAL FUENTE DE ILUSIÓN Y DE SONRISA
Trabajar en aquello que a uno de gusta y para lo que tiene aptitud fomenta la ilusión y
la sonrisa.
Decía el Dr. Vallejo-Nájera en Locos Egregios, una de sus mejores obras, que «quien
no fue capaz de encontrar alegría en el aprendizaje de una profesión es muy difícil que
luego sepa disfrutar ejerciéndola»
9. Es muy importante que cuando se escoge un oficio o profesión, este trabajo esté de
acuerdo con nuestras propias aptitudes y gustos personales. Errar en este tipo de
decisiones puede hacernos el ejercicio de nuestra especialidad bastante cuesta arriba y
originar más adelante un sentimiento de frustración.
Se cuenta que en una ocasión Rafael «el Gallo», el famoso matador de toros, fue
invitado a una tertulia en un Colegio Mayor Universitario. En este corro se departía
sobre asuntos de poca trascendencia. Cuando la conversación desembocó en el tema de
la felicidad entre las cosas que dijo D. Rafael con el gracejo y la sabiduría propia de un
maestro fue ésta: «Se es feliz cuando se es aquello para lo que se ha nacido».
Se pueden dar muchas y doctas definiciones de la vocación profesional, pero no cabe
duda que la que dio el maestro del toreo no deja de ser profunda y asequible.
El descubrimiento de la vocación profesional es uno de los momentos más importantes
de la existencia. Ciertamente, no es fácil dar con lo que uno es y descubrir la profesión
para la que uno está capacitado.
La mujer y el hombre, a diferencia de los seres irracionales, son seres proyectivos, por
terminar de ser. No se nace sabiendo de dónde venimos y a dónde vamos, sino que nos
toca a nosotros mismos descubrir con ayuda el punto de partida, la meta y el itinerario a
seguir.
Importa mucho, pues, haber llegado a conocer cuáles son nuestras inclinaciones,
cualidades y dotes naturales a la hora de elegir un trabajo. Precisamente, del mayor o
menor acierto de esta operación va a depender, en buena parte, el grado de felicidad y de
ilusión con que vivamos nuestra vida profesional y, en definitiva, la amplitud y
autenticidad de nuestra sonrisa.
Acertar con la profesión que mejor nos va y para la que estamos capacitados es ya todo
un logro. Es, posiblemente, una de las mayores fuentes de felicidad que podemos
alcanzar.
Para sonreír bien, sin embargo, no basta con haber elegido bien un trabajo. La vida de
un profesional sería una caricatura si no estuviera complementada con un alto nivel de
autoexigencia y una constante actitud de mejora personal.
Cuando el profesional se mete de cabeza en lo que hace, realiza bien su trabajo y
aporta cosas nuevas en la tarea que tiene entre manos, entiende lo que significa vivir
ilusionadamente y ser feliz en el ejercicio de su profesión.
EL PROFESIONAL SONRIENTE FACILITA EL DIÁLOGO CON LOS EMPLEADOS Y LOS CLIENTES
El profesional que es amable se comunica con la gente con más facilidad que el que no
lo es.
Tratando de ilustrar esta afirmación me viene a la memoria una experiencia que tuve
en Gran Bretaña, país no muy conocido por la efusividad de sus gentes.
Allá por los años 70, al inicio de nuestra estancia en Londres, la Seguridad Social
inglesa nos asignó a mi mujer y a mí una clínica. Lo primero que nos llamó la atención
cuando visitamos la consulta fue el hecho de que una de las salas de espera de aquellas
dependencias estuviera medio vacía, mientras que la contigua estuviera a tope. Pronto
llegamos a comprender el porqué de un fenómeno que se repetía una y otra vez. Los dos
médicos que atendían al público eran buenos profesionales, pero uno de ellos se llevaba
la mayor parte de la clientela: era una persona bastante afable y simpática. El otro era
algo mayor, grave y circunspecto.
El buen profesional, además de conocer su oficio, es consciente del valor que tiene el
lenguaje del semblante para conectar con los subordinados y con el público.
Un diálogo con la mirada perdida o distante no es tal diálogo. Con la gente hay que
mostrarse humano, mirar a los ojos, escuchar, ser expresivo.
La sonrisa no sólo sirve para salvar la distancia entre el especialista y el profano, el
subordinado y el que está arriba, sino que es un recurso valiosísimo para crear la
atmósfera de camaradería y amistad necesaria para que la gente hable sin reservas, sin
miedos.
Un rostro sonriente tranquiliza, amortigua el golpe que pueda suponer una advertencia
o una amonestación, fecunda los silencios, reconduce la conversación en peligro de
agriarse.
El profesional que sonría bien indudablemente se gana al personal.
La sonrisa facilita el diálogo y el diálogo, a su vez, la fomenta. Pero no olvidemos que
para que esto ocurra hay que saber dialogar.
Dialogar supone intercambiar, decir algo a alguien que recibe las palabras y las ideas y
reacciona personalmente a ellas. Es fundamental, pues, que exista ese intercambio mutuo
para que haya entendimiento. El diálogo no es, ni puede ser, la suma de dos monólogos.
El buen profesional tiene que ser una persona dialogante, que escucha atentamente lo
que el otro dice, lo toma en serio, se cerciora de que se entiende su postura o dictamen y
evita actuar de manera autoritaria.
Quien sabe dialogar tiene razones de sobra para sonreír.
Al igual que los buenos modales en un profesional, su jovialidad debe ser interpretada
como la exteriorización de su competencia técnica y humana.
UNA SONRISA CUESTA POCO Y VENDE MUCHO
Este gesto es una herramienta magnífica en la vida profesional o laboral. Un
dependiente o comercial que sale al encuentro de los clientes con una sonrisa y se
interesa por ellos, se gana la confianza de la gente y vende mejor el producto que el que
no sonríe o apenas lo hace.
Dice un proverbio chino que «la persona que no pueda sonreír que no ponga una
tienda». Cuando se está detrás de un mostrador o se dedica uno a la venta de mercancías
o servicios, lo que procede es mostrarse afable, atento y respetuoso con el público. La
buena educación, la amabilidad, la cortesía son cualidades de la vida social que se notan
más cuando faltan que cuando abundan, sobre todo en el mundo del comercio. El
comprador, de ordinario, se siente incómodo ante un personal distante o maleducado.
Cabe preguntarse, de todos modos, si en estos tiempos de la prisa y el anonimato, las
atenciones del vendedor no están de más. La mayor parte de la compra, después de todo,
se realiza en las grandes superficies. Hoy día la gente estaciona los vehículos en los
aparcamientos de los grandes supermercados y almacenes, carga los artículos, los abona
en caja y se va. Aparte del personal de caja apenas se tiene trato con dependientes.
Todavía, sin embargo, existen bienes y servicios, cuya compra exige la atención
personalizada al cliente.
Hoy como ayer no resulta difícil distinguir al buen vendedor del mediocre. El buen
comercial no sólo cuida su atuendo, su porte, sino que sabe presentarse ante el cliente, le
trata con amabilidad. No hay nada como una sonrisa para enviar el mensaje de que ella o
él están allí esperándole para ponerse a su disposición, ofrecerle información, descubrir
sus gustos y hacer todo lo posible para que salga satisfecho.
Que la sonrisa venda lo prueba el hecho de que casi todos los manuales o cursos de
ventas dedican páginas y sesiones de trabajo para hablar sobre el empleo de este gesto
como uno de los recursos más inteligentes para captar clientes.
Saber estar ante el público, complacerle, es muy importante y requiere bien poco
esfuerzo. La cara risueña del profesional, sin embargo, quedaría en una mera mueca o un
puro gesto convencional si careciera de una buena disposición de servicio.
La simpatía del profesional, indudablemente, acoge y abona el terreno para una posible
transacción, pero puede esfumarse o resultar forzada si va desprovista de interés, oficio y
dedicación.
SABER SONREÍR POTENCIA NOTABLEMENTE LA GESTIÓN NEGOCIADORA
No sólo el personal de ventas ha de saber sonreír. También los directivos, los
ejecutivos y el resto de los empleados de la empresa deben saber hacerlo.
Importa mucho que las personas que trabajan en el mundo de los negocios, sean del
rango que sean, aprendan a sonreír y lo hagan con naturalidad a la hora de crear un buen
equipo de trabajo, hasta lograr un clima distendido y humano que haga acogedor el lugar
donde desarrollan su actividad.
Ser afable es siempre bueno y ayuda a acercar a las personas. Si un empleado lo es,
contagiará de ordinario a cuantos están a su alrededor con su optimismo y buen carácter.
Leer el rostro, mirar a los ojos y estirar los labios es parte de la artillería de los
hombres de empresa. Los gigantes de los negocios han sido en su mayor parte grandes
conocedores de hombres, han entendido de rostros y han sabido cuándo, cómo, dónde y
a quien tenían que hacerlo.
Un buen hombre de negocios sabe que sonreír puede significar muchas cosas. Para
empezar, es una invitación a la amistad, una inyección de optimismo que se da al otro,
una apertura al diálogo. El semblante alegre gusta, cae bien, gana amigos y lealtades al
tiempo que es una de las mejores formas de romper el hielo en el encuentro con un
desconocido o un competidor.
Una negociación merece sacar lo mejor de nosotros mismos. El hombre de empresa
sabe que el éxito o fracaso de sus planteamientos está, en ocasiones, en razón directa de
la calidad de su sonrisa. Durante la exposición de una propuesta o proyecto no sólo avala
la verosimilitud y el valor de un argumento, sino que, en cierto modo, predispone y
acerca al interlocutor a nuestro modo de ver las cosas.
«Al mal tiempo buena cara». Lo fácil es encararse con el comité de empresa, ponerle
contra las cuerdas y romper las negociaciones. Lo difícil es escucharles, entrar a fondo
en el problema y hacerles entrar en razón con una sonrisa en los labios, si es posible.
Cuando uno se muestra atento, asiente a lo que está escuchando, otorga un margen de
confianza a su interlocutor y coopera, en cierto modo, a que el hilo conductor de la
conversación o negociación fluya con normalidad y sea productivo. Cuando una
negociación se rompe, cabe siempre preguntarse si antes de que fallara el diálogo alguno
de los interlocutores no habría enviado a su sonrisa de vacaciones.
A veces, a lo largo de una conversación o un debate, es posible que coloquemos a
nuestro interlocutor en una situación comprometida. En esos momentos el buen
profesional debe saber que un gesto de benevolencia —no irónico— basta para dulcificar
la situación.
El hombre de empresa, por último, sabe que en momentos de tensión una de las
mejores formas de responder a una actitud hostil es contentar a su interlocutor. Y, claro
está, jugará siempre con ventaja, si se anticipa y logra abortar una posible agresión con
una buena sonrisa.
El hombre de negocios risueño no aleja al otro ni lo somete. Lo trata de igual a igual y
procura ponerse en el mismo plano.
PUBLICIDAD Y SONRISA
La sonrisa, sobre todo si es de mujer, es uno de los mejores recursos publicitarios que
existen.
Una cara bonita, joven y sonriente, ciertamente, impacta más al público y da más
notoriedad a un producto o servicio que otra normal y corriente.
La publicidad hoy día es necesaria y en gran medida, también beneficiosa para conocer
los productos que se pueden adquirir, recordarlos, saber que existen. A través de los
diarios y revistas, la radio, la televisión, Internet, las vallas publicitarias, etc., desfilan
más y más marcas. Muchas de ellas nos resultan ya familiares. Otras irrumpen en el
mercado en su intento de competir con las ya existentes.
La publicidad es todo un arte. Inmersos en la sociedad de consumo en la que tantos y
tantos productos compiten entre sí, los anunciantes han de recurrir a toda clase de
artimañas para captar posibles clientes. Los publicitarios, de ordinario, son gente
creativa, conocedora de los gustos de los consumidores y buenos técnicos de la imagen.
«Belleza y bondad son inseparables» decía Tomás de Aquino. Es verdad que esta
afirmación del doctor Angélico no hace referencia sólo a la belleza corporal, sino
también a la belleza de las personas y de las cosas en su totalidad. El público en general,
sin embargo, da por bueno todo aquello que le resulta grato y placentero.
Cuando los anunciantes ofrecen algo con una bonita sonrisa, sobre todo si es femenina,
saben muy bien que entra por los ojos, agrada y convence. El público deduce que es
bueno.
8. LO FEMENINO Y LO MASCULINO
LA SONRISA DE LA MUJER
La sonrisa de la mujer tiene gancho. Cuando sonríen, y lo hacen como ellas sólo saben
hacerlo, sus ojos brillan con intensidad, sus labios dan de sí todo lo que pueden, y sus
dientes superiores e inferiores centellean. ¡Todo un alarde de gracia y simpatía! En
ocasiones, su rostro se ilumina y puede llegar a transfigurarse.
Hay dos formas de vivir la existencia: la masculina y la femenina. «El hombre y la
mujer, unidos por su común condición humana y personal son profundamente distintos
en todo lo que afecta al desarrollo de sus vidas»
Su manera de actuar, de pensar y de hablar tienen características que los diferencian claramente.
La sonrisa de la mujer, por regla general, es más bella y atractiva que la del hombre.
Sus facciones delicadas y suaves le dan un valor añadido. La sonrisa es arma de mujer.
Tal vez muchas son conscientes de ello y, desde luego, saben usarla muy bien.
Conocedora del poder de atracción que la belleza de su rostro ejerce sobre los demás,
en especial sobre el hombre, ella sonríe con facilidad y desparpajo. Da la impresión de
que las mujeres tienen el «raro privilegio» de sonreír siempre que quieren.
Un detalle, un cumplido, una muestra de ternura o afecto prenden con facilidad en una
mujer, la hacen feliz y movilizan las facciones de su rostro.
Ante cualquier situación normal de la vida el hombre ve lo que hay, mientras que la
mujer ve lo que falta. El modo de aprehender la realidad es, de ordinario, más personal y
concreto en la mujer que en el hombre. Él entiende las cosas de un modo «reactivo»,
traduce la realidad a lo que ya sabe; es más abstracto. Ella, en cambio, reacciona desde sí
misma, ve más los detalles. Tal vez sea ésta la razón por lo que ella sea más sensible a lo
que ocurre a su alrededor.
No es de extrañar, pues, que este modo peculiar de la mujer de habérselas mejor con la
realidad, le permita gozar más de las cosas, percibir mejor los contrastes, sonreír más y
mejor.
La mujer es más corazón que cabeza. Edith Stein decía que «el sentimiento es el centro
del alma femenina»
Ella, ciertamente, siente y acusa los golpes con más facilidad que
el varón. Un desaire, un agravio, por insignificante que a veces puede parecer, hiere a la
mujer; una delicadeza, una pequeña atención no le pasan inadvertidas.
Dotada para la maternidad, lo más propio de la mujer es su ilimitada capacidad de
amar, de entrega y dedicación desinteresada a los demás, su olvido de sí misma.
Tal vez sea esta última faceta del alma femenina la que mejor le capacite para sonreír
con la belleza con que suele hacerlo.
LA SONRISA DEL VARÓN
Mientras que la característica más notable de la sonrisa femenina es la belleza; la nota
principal de la sonrisa masculina es su gravedad.
Según el DRAE, en su segunda acepción, por gravedad se entiende «compostura,
circunspección». Una persona grave es aquella que se conduce con seriedad, con
moderación.
La gravedad no excluye la jovialidad y la alegría. Se puede uno comportar con
gravedad y sonreír al mismo tiempo. Todos conocemos a personas serias, bien entradas
en años, con una sonrisa que ya desearía mucha gente joven.
La masculina, de todos modos, por muy expresiva y simpática que resulte, no puede
competir con la belleza y gracia de la femenina. Cuando ellas sonríen, suelen poner en
jaque prácticamente todos los músculos faciales e irradiar algo especial. Cuando el varón
lo hace, por mucho que se extreme, da la impresión de que sus posibilidades de
manifestar felicidad quedan como a medio camino. Sus facciones duras, angulosas,
parecen querer embridar la elasticidad de sus labios.
Por debajo de la seriedad del rostro varonil y esa especie de pudor para mostrar sus
sentimientos, se encuentra su manera proverbial de percibir las cosas y un cierto rechazo
a aceptar la realidad cotidiana.
El hombre, por lo general, necesita razonarlo todo, o casi todo; saber el porqué y el
para qué de lo que ocurre. Sopesa los pros y los contras. Se comprende bien por qué, con
frecuencia, la mujer y el hombre tienen dificultad para entenderse. Mientras a ellos les
encanta teorizar, enzarzarse en temas «de altura», ellas charlan con frecuencia de lo
cotidiano: el precio de las cosas, los niños, etc.
El modo de encajar las normales contrariedades de la vida tampoco dispone al hombre
a sonreír con facilidad. «El ser humano —decía T. S. Elliot— soporta muy poca
realidad». El varón, desde luego, a duras penas se rinde a la evidencia. Más bien se
rebela contra ella. Mientras que la mujer, de ordinario, acepta con más realismo los
imprevistos, las dificultades que acarrea el acontecer diario, el hombre se muestra
bastante reacio.
Al hombre, de ordinario, no le resulta fácil sonreír; al menos con la naturalidad y
soltura con que lo hace la mujer. El rostro serio del hombre, sin embargo, se ilumina y
adquiere una tonalidad especial, cuando mira el bello rostro de la mujer por quien ha
valido la pena soportar la pesadumbre de la vida y en la que suele encontrar la fortaleza e
inspiración necesarias para seguir luchando.
LA SONRISA EN LAS RELACIONES HOMBRE-MUJER
La sonrisa en su doble vertiente masculina y femenina, tal vez sea el gesto facial que
mejor nos permita mostrar nuestro lado más humano y personal.
Cierta dama dijo en tono de crítica al artista James McNeill Whistler que la cortesía
estaba sólo «en la superficie».
«Pues no podía estar en mejor sitio», le respondió éste.
Ciertamente, esa «cortesía superficial» ignorada con tanta facilidad, a veces, consigue
limar asperezas entre el hombre y la mujer y hace que el trato cotidiano entre ellos sea
más agradable.
Una muestra de agradecimiento, aprecio, cariño, estímulo, etc., puede parecer a
primera vista una tontería innecesaria y superflua y, sin embargo, esa leve manifestación
está reforzando y dando vida a las palabras expresadas o supliéndolas.
En las relaciones diarias hombre-mujer, una buena sonrisa puede ser un venero
inagotable de felicidad para ambos.
El encuentro de la mujer y el hombre suele estar presidido, de ordinario, por la sonrisa
de uno y otro. El rostro del hombre no permanece insensible delante del de la mujer, sino
que, en cierto modo, se moviliza. Sus facciones firmes parecen dulcificarse cuando
conversa con ella. La elasticidad de los labios de la mujer y el brillo de sus ojos también
revelan el interés y la aceptación que siente por el hombre.
No resulta fácil, de todos modos, discernir de sonrisas, sobre todo si éstas son
femeninas. Uno tiene la impresión de que la mujer al sonreír posee la «rara habilidad» de
mirar y escrutar a su interlocutor al mismo tiempo.
Las relaciones hombre y mujer se han hecho más frecuentes desde hace varias
décadas. Esta frecuencia de trato entre ambos sexos ha sido el resultado de la presencia
cada vez más visible de la mujer en el mundo del trabajo y su mayor participación en la
vida política y social. Hoy la mujer está en todas partes. Se nota, se siente el toque
femenino, y no deja de crear una mayor holgura de vida, una mayor distensión y una
mayor satisfacción.
Los hombres y las mujeres no son sólo ya marido y esposa, sino que pueden ser
también compañeros, colegas, colaboradores, amigos o miembros de una misma empresa
que han de sacar adelante.
Cuando, por otra parte, las relaciones hombre-mujer se hacen tan estrechas que el uno
no puede vivir separado del otro, como sucede en el caso de los enamorados, la sola
presencia del amado constituye una fiesta. La sonrisa de la mujer y la del hombre aflora
entonces espontánea, con la naturalidad con que brota el agua de un manantial. La vida
para el uno y para el otro está llena de sentido. Su felicidad es plena.
Sonreír es darse, es comprenderse, alegrarse de la presencia del otro. Y esta
experiencia adquiere su mejor clima en el trato de la mujer y el hombre, sobre todo
cuando el intercambio es auténtico y desinteresado.
SONRISA Y FELICIDAD CONYUGAL
Cuando la mujer y el varón se casan, sus sonrisas se complementan y se hacen más
fecundas.
La presencia del otro, la comunión de sentimientos, intereses y proyectos, la entrega
recíproca, el trato diario, el amor mutuo, hacen que él y ella se compenetren y se
enriquezcan mutuamente.
En una conferencia a educadores allá por los años cincuenta, Gregorio Marañón decía:
«es preciso hacer hombres, muy hombres, a los hombres, y mujeres, muy mujeres, a las
mujeres».
No creo que se deba tildar de machista a Gregorio Marañón, uno de nuestros más
señalados humanistas y gran conocedor de la naturaleza humana. El mensaje que él
trataba de dar con aquella frase era que el éxito de la educación de la mujer y del hombre
no estaba en igualarlos, en sacar un hombre «neutro», sino justamente en lo contrario: en
fortalecer la singularidad de cada uno.
El matrimonio, lejos de suponer un debilitamiento de las características propias de la
mujer y del hombre, implica el fortalecimiento de los atributos propios de cada uno.
Unidad y singularidad, en cualquier caso, no son dos términos que se contraponen, sino
que se complementan.
Difícilmente podrán los cónyuges sonreír con naturalidad si él o ella no se comportan
en su nuevo estado, desde su propia condición de persona femenina o masculina. La
mujer desde su natural perspicacia e intuición, su fina sensibilidad, su visión de lo
concreto, su generosidad y su enorme capacidad de amar. El hombre, a su vez, desde su
virilidad, su capacidad de raciocinio, su seguridad, su decisión.
La mujer exigirá siempre afecto y atención por parte del hombre. Ella acepta que, en
ocasiones, las demostraciones de cariño y de ternura que recibe carezcan de delicadeza.
Lo que ella no perdona, sin embargo, es que al hombre le falte lo que se supone que debe
tener: firmeza de carácter, valor, seguridad en sí mismo, hombría.
Dos personas, dos modos de ser. He ahí la química que va a dar como precipitado ese
gesto maduro y sereno que podríamos llamar la sonrisa conyugal.
La sonrisa de los esposos no es una mera yuxtaposición de sonrisas, un gesto
convencional más, sino la disposición gozosa a responder a un gesto afectuoso con otro,
a ofrecerlo en los momentos en que no lo hay, a darlo siempre que sea necesario para
estimular, animar, disculpar o perdonar las posibles ofensas o desavenencias.
«La vida en común hace a cada uno de los cónyuges el mayor servicio que puede
recibir un ser limitado: ser salvado de sí mismo…»
El afecto de la mujer se universaliza en el contacto con el ideal de su esposo, y el amor del hombre gana en delicadeza en contacto con la ternura femenina.
VIDA CONYUGAL, SACRIFICIO Y SONRISA
El secreto de la verdadera sonrisa de los cónyuges está en la entrega generosa del uno
al otro.
No creo que sea aventurado afirmar que la mayor parte de los malentendidos,
conflictos y problemas que surgen dentro del matrimonio proceden del olvido de este
principio: amar es darse.
No hay matrimonio feliz sin sacrificio, sin renuncias. Y ello no es ninguna paradoja,
dado que, de las muchas condiciones necesarias para encontrar la felicidad en esta vida,
hay dos que podemos considerar básicas: la primera es no buscarla, y la otra tratar
siempre de hacer feliz a la persona que tenemos a nuestro lado.
El matrimonio es una entrega de la mujer al varón y del hombre a la mujer. Esa
donación personal y recíproca es la que da sentido a todos los deberes de la vida en
común y la que hace que la dedicación del uno al otro no sea un sacrificio estéril sino,
más bien, un acto del más alto nivel humano.
Ese «contigo y para siempre» además de ser el fundamento de la futura felicidad de los
contrayentes es una fuente inagotable de sonrisas.
«Debemos amar al ser que vive a nuestro lado, menos en la medida de lo que nos da,
que en la medida de lo que nos cuesta»
La felicidad conyugal y, en consecuencia, la abundancia y calidad de las muestras de
afecto de los esposos está en razón directa de la entrega que hagan los esposos de sí
mismos, a despecho de las contrariedades y desilusiones que encuentren en su vida en
común.
Sacrificarse por el ser amado en los inicios del matrimonio es bien fácil. «Contigo pan
y cebolla». En esos meses, años, no hay espacio alguno para el desacuerdo, los
sinsabores o el reproche. Todo, entonces, está bien hecho.
Cuando el amor conyugal empieza a atemperarse y el ardor y la pasión de aquellos
primeros días desaparecen, el verdadero amor comienza a afianzarse mediante el
descubrimiento de la persona del otro. Ella y él aprenden a colocarse fuera del plano
inferior del intercambio, del do ut des, para situarse en el plano superior de la
generosidad más desinteresada. Para ella y para él, entonces, la persona amada puede
llegar a convertirse en un hontanar de felicidad.
Comienzan ahora a saborear el amor real y verdadero: amar al ser amado más allá de
los sentimientos, y amarlo más por sí mismo que por lo que pueda dar. Su amor, ahora,
no se siente amenazado por nada ni por nadie.
Cuando una pareja se defrauda recíprocamente y deja de sonreír, cabe siempre
preguntarse si uno de ellos o los dos se están amando solo a sí mismos.
9. LAS DISTINTAS ETAPAS DE LA VIDA HUMANA Y LA SONRISA EN EL NIÑO
El hombre es un ser singular. Tan pronto entra en escena, demuestra ya su elevada
categoría espiritual: su rostro se transfigura con una sonrisa inefable cada vez que sus
progenitores u otras personas amigas se le acercan. Tal vez no exista un gesto humano
más bello, noble y reconfortante que la sonrisa de un bebé.
La sonrisa y el llanto, de hecho, son casi las dos únicas armas de que se vale el infante
para hacerse entender. Él expresa sus necesidades y carencias mediante lloros, vagidos y
sonrisas.
Desvalido y sin guión alguno, el niño comienza su andadura por un mundo que le
resulta extraño y en cierto modo hostil. Si no fuera por la protección y la constante
mirada de sus padres, sobre todo de la madre, el niño pequeño no podría hacer nada. Son
sus progenitores los que, además de alimentarle y enseñarle a andar y a vestirse poco a
poco, han de ir acostumbrándole a valerse por sí mismo e ir adquiriendo la confianza
necesaria para poder sobrevivir.
Apenas comienza el niño a articular sonidos su pregunta, que no quedará sin respuesta,
será: «¿Qué es eso, mamá?». Los adultos, sobre todo sus padres, van poco a poco
traduciendo lo extraño al mundo de las intuiciones y sentimientos del menor y esas
respuestas, por simples y elementales que puedan parecer, son las que los niños
necesitan, las que comprenden y le van creando conciencia de las cosas y de cuanto
sucede a su alrededor. Los niños durante su infancia, si no están aquejados por
enfermedad, incapacidad o un ambiente familiar conflictivo, devuelven los gestos que
reciben y pagan con una sonrisa los cuidados y desvelos de los mayores.
El niño, de ordinario, confunde la realidad con la fantasía. Tampoco entiende de fines
y de medios. Vive alegre y confiado, y cuando actúa lo hace casi siempre más por inercia
que por reflexión.
El niño crece así tranquilamente en una atmósfera de atención y de cariño. Su infancia
es una dicha permanente. Decía La Bruyère que «los niños no tienen ni pasado ni
porvenir, gozan del presente». Los niños son felices y sonríen por cualquier cosa.
Si no hay especiales preocupaciones o problemas que le acongojen o le inquieten la
sonrisa del niño fluye ininterrumpidamente, limpia y cristalina como el agua que brota
de las grietas de un manantial.
EN EL ADOLESCENTE
La adolescencia es una travesía delicada en la que el ser humano se juega muchas
cosas; una de ellas es la autenticidad de su sonrisa.
Esta etapa de la vida humana, que transcurre desde que comienza la pubertad hasta que
el organismo humano llega a su completo desarrollo, es un tramo clave en la formación
de la personalidad de la mujer y del hombre. Durante estos años, el adolescente no sólo
habrá de superar frecuentes traumas, que, a veces, pueden condicionar el ulterior curso
de su vida, sino que tendrá que definir lo que quiere ser. La adolescencia es tiempo de
efervescencia y descoordinación afectiva, pero también es el momento en el que
empiezan a despuntar los ideales que propulsarán el resto de sus días.
El proceso de crecimiento del niño continúa inexorable. La protección ofrecida por el
hogar paterno, sin embargo, pierde intensidad a medida que pasan los años. Pronto el yo
del individuo comienza a dar señales de vida. Hacia los diez años de edad, el niño
comienza su propia apuesta por la vida, su particular cruzada por la conquista de la
libertad.
Los contactos del adolescente con las cosas y con las personas son más intensos y
frecuentes en esta edad. El mundo exterior se le presenta ahora tal cual, en ocasiones tal
vez con excesiva crudeza. La vida va a enseñarle a diferenciar aquellos seres que le son
amistosos de los que no lo son tanto; a distinguir lo útil de lo perjudicial, los efectos de
las causas. La mujer y el hombre aprenden a entender de finalidades y a saber
alcanzarlas en estos años, a discernir lo bueno de lo malo, a esforzarse por conseguir lo
justo. En definitiva, durante la adolescencia, el hombre va poco a poco, autoafirmándose.
¿Quiere ello decir que el adolescente ha de quedar a su propia suerte durante este largo
proceso de maduración de la persona? No. ¡En absoluto! Los padres sobre todo, sus
educadores, habrán de estar cerca de él, siguiéndole discretamente, si no quieren que el
hijo se malogre.
Tan irresponsable es arropar al adolescente en exceso como desmarcarse de él durante
este difícil periodo de la vida.
La forja del carácter y la configuración de su personalidad exige un discreto
seguimiento del adolescente, por parte de sus padres y educadores, a fin de aclararle
ideas, potenciar sus aptitudes, encauzar su afectividad, subsanar posibles carencias, etc.
Es la única forma de que nuestros hijos mantengan la frescura de aquella sonrisa que
iniciaron de niños.
Con frecuencia, se tiende a olvidar que la sonrisa, como cualquier acto humano, no es
producto del azar, sino, más bien, el precipitado del esfuerzo personal responsable de
cada uno y del afecto y cariño que se recibe de quienes tenemos a nuestro alrededor. A
fin de cuentas la persona más feliz, no lo olvidemos, será siempre aquella que más quiere
y es más querida.
EN EL JOVEN
La juventud es la etapa de la vida en la que el ser humano ríe y sonríe con más ganas.
Al joven la vida le sonríe. Tiene el futuro por delante. Se proyecta hacia él con ilusión y
entusiasmo. Es feliz.
Pasada la crisis de la adolescencia, el joven, como un Quijote, sale al campo de la vida
a pecho descubierto, dispuesto a comerse el mundo.
¿Sus armas? La propia convicción de que todo lo puede y un rechazo casi visceral a
hacer cualquier tipo de concesión que huela de lejos a una rebaja de sus desmedidas
expectativas. En palabras de Romano Guardini, la postura del joven ante la vida es «una
actitud orientada hacia algo infinito: lo infinito del comienzo no puesto a prueba»
Pronto, sin embargo, nuestro «caballero andante» va a chocar con la cruda realidad de
los hechos. Para empezar, él mismo nota que se queda bien corto a la hora de llevar a
cabo sus pretensiones. Luego, se topa con la mediocridad. Sus propios compañeros
tampoco van a ir más lejos que él. Para colmo su propia voluntad le va a presentar una
resistencia con la que él no contaba.
La tarea por ser él mismo y no otra cosa no es coser y cantar. Sus «planes de reforma»,
al fin y a la postre, van a quedar al nivel de las aguas de un pantano en tiempos de
sequía.
En esta etapa de la vida, además, el joven ha de apostar fuerte. Habrá de tomar
decisiones que son trascendentales para el resto de sus días: profesión, estado, amor
hacia otra persona, etc. El riesgo de «morir en el intento» es bastante probable.
¡Si la juventud supiera…! El joven no ve. No puede verlo. Confunde lo
incondicionado de la opinión con la capacidad de realizarla, la grandeza de la idea con la
posibilidad de llevarla a cabo. Al joven le falta, asimismo, esa actitud tan poco atractiva,
pero tan básica para alcanzar cualquier logro a medio o largo plazo: la paciencia.
Solo, desprovisto de la cobertura de sus educadores, el joven se encuentra ahora en
plena carretera y sin mapa alguno que le oriente.
En esos momentos necesita básicamente dos cosas: la primera, armarse de coraje para
sacar lo mejor de sí mismo, y, luego, asumir el riesgo de lo nuevo. De cómo solucione
este binomio depende el éxito o el fracaso de la operación, y, en definitiva, el vigor y la
autenticidad de su sonrisa.
La tentación del joven es tirar por la borda los valores como el orden, la honradez, el
honor, el trabajo bien hecho, etc. No es ése, precisamente, el camino. Lo acertado es
consolidar y enriquecer el proyecto trazado años atrás y tratar de adaptarlo a las nuevas
situaciones. Sólo así adquirirá el lastre que da estabilidad a la propia personalidad.
Alguien ha dicho que la iniciativa de la juventud vale lo que la experiencia de los
mayores. No es cuestión de mimetismo. El joven necesita aprovechar las experiencias
ajenas, si no quiere cometer los mismos errores.
Claro que, frente a los múltiples peligros que amenazan con despersonalizar al
hombre, el joven cuenta con la vitalidad, la energía y el entusiasmo propios de su edad
para hacerles frente y salir airoso de la empresa.
Una juventud que no se entrega a cualquier causa ni se desanima ante los desafíos que
se le presentan tendrá siempre la sonrisa en los labios.
EN LA PERSONA MADURA
En la edad madura, la sonrisa adquiere los rasgos y el encanto propios de la
personalidad de cada uno.
«Se necesitan cincuenta años para hacer un hombre» —decía Platón—. A estas alturas
de la existencia el ser humano ha ganado experiencia de la vida, conoce sus propias
limitaciones y las ajenas y entiende de sacrificios y renuncias. El adulto con el trascurso
de los años puede haber adquirido rodaje suficiente para afrontar la vida con realismo y
sonreír cuando tiene que hacerlo. Lamentablemente, no siempre ocurre así.
Pasados los años de la inseguridad y del ímpetu propios de la adolescencia y de la
juventud, hay más posibilidades de vivir la coherencia. La edad madura es la fase de la
vida en la que es posible afianzar el carácter de las personas. Respecto al carácter habría
que añadir que no es rigidez ni atrincheramiento en actitudes, posturas o puntos de vista,
sino que consiste más bien en saber armonizar el pensamiento, la voluntad y la vida
afectiva.
Ciertos valores como la responsabilidad, el trabajo bien hecho, el cumplimiento de la
palabra dada, la lealtad, la reciedumbre, el honor, el discernimiento de lo que es
auténtico de lo que no lo es, etc., pueden haber adquirido carta de naturaleza en sus
vidas. La mujer y el hombre pueden haber descubierto lo que edifica, les mantiene en pie
y les ayuda a vivir la existencia con sentido y dignidad. Pueden apreciar además el valor
del tiempo y la importancia que tiene la espera. Normalmente nada que merece la pena
se consigue de la noche a la mañana. La existencia humana tiene un ritmo que hay que
respetar.
La singladura, sin embargo, se hace a veces penosa a medida que pasan los años.
Mediados los cuarenta, las cargas pueden resultar cada vez más pesadas. La lucha por la
vida, los conflictos, los roces inevitables con propios y extraños pueden dejar cicatrices.
El adulto, en ocasiones, tiene la sensación de cansancio.
Las ilusiones y la fatiga le pueden hacer perder el norte y ensombrecer la bondad de su
sonrisa.
En el desafío de lo difícil, sin embargo, está la semilla de la singularidad. Esta frase,
un tanto grandilocuente, retrata a mi entender la actitud que el adulto responsable ha de
tener en esos momentos de «calma chicha», si desea mantener la sonrisa.
No hay que arrugarse. La mujer y el hombre responsables se crecen siempre en las
horas de crisis. Ellos saben que por encima de las nubes luce siempre el sol, que la vida
continúa y que tiene sentido. Lo saben si han puesto los medios necesarios para
descubrir el sentido de su vida.
En esta etapa es cuando se dice de alguien que es «todo un hombre» o «toda una
mujer», cuando se llega a la plena madurez de la persona. Tanto ella como él inspiran
respeto y confianza.
La sonrisa de las personas adultas es entonces serena, coherente, auténtica. A lo largo
de los años su rostro se ha ido curtiendo, adquiriendo, en suma, los rasgos y el encanto
propios de su personalidad.
EN LA PERSONA MAYOR
La sonrisa es una de las cosas que el ser humano puede perder a medida que envejece.
«En la misma medida en que la persona va envejeciendo, va esperando cada vez menos,
y en esa medida se intensifica la sensación de lo pasajero de todo»
Poco a poco, el adulto comienza a percibir la transitoriedad de las cosas a medida que
envejece. La vida resbala más deprisa: los días, las semanas, los meses se suceden con
una cadencia inexorable. Casi podemos predecir lo que ocurrirá el año próximo por estas
fechas.
Luego la vida se adelgaza: los acontecimientos hacen menos mella cada día. Las cosas
se olvidan con facilidad. Curiosamente, el pasado adquiere cada vez más relieve.
«Lo más triste de la vejez es carecer de mañana». Esta frase atribuida a Ramón y Cajal
retrata la actitud del que no quiere hacerse viejo.
Y es que en esta fase el ser humano se encuentra en una encrucijada. O bien acepta la
realidad de los hechos o cae en brazos de las apariencias, lo que equivale a poder sonreír
o ser presa del malhumor o del resentimiento por el resto de los días que le quedan por
vivir.
Con frecuencia «una vida llena» se equipara a ser joven. La actitud de mucha gente
mayor es ignorar los hechos y tratar de vivir a sus sesenta, setenta o más años como si
fueran jóvenes. Las consecuencias de este comportamiento no pueden ser otras que la
envidia, el resentimiento, el malestar, si es que no caen en ese egoísmo senil que tiraniza
a cuantos están a su alrededor.
Las mujeres y los hombres que aceptan el envejecimiento, por el contrario, van a llenar
de sentido sus últimos días, sin dejarse doblegar por el deterioro físico. La serena
aceptación de la realidad va a hacerles descubrir un elenco de valores y actitudes de
suma importancia para sus vidas: la comprensión, la valentía, la confianza, el respeto a sí
mismos, la lealtad a la vida ya vivida, el desasimiento.
Estas personas mayores sabrán superar aquellos sentimientos malsanos que,
secretamente, anidan en el interior del viejo: la envidia hacia la juventud, el rechazo ante
lo nuevo, la alegría ante los defectos y fracasos de lo actual.
Cuando el ser humano sabe del final y lo acepta nos encontramos con la mujer y el
hombre sabios. La sabiduría es algo más que la inteligencia o prudencia práctica de la
vida. Es, más bien, «lo que surge cuando lo absoluto y eterno se manifiesta en la
conciencia finita y transitoria»
Lo que no es, por cierto,
resignación decorosa, ni mucho menos, sino experiencia vital, orientación gozosa, sabor
de eternidad.
Cuando alcanza estas cotas, la sonrisa de la persona mayor es la más parecida a la del
niño. Es consecuencia y corolario. Luego de una lucha tenaz y sostenida de años y años,
la mujer y el hombre de edad avanzada miran al final con serenidad, sin angustias,
esperanzados. ¡Sonríen!
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